El síndrome de la marioneta sonriente

El siguiente manuscrito fue encontrado en un complejo abandonado y descubierto en los bosques de Alaska. El complejo está formado por un cuarto de observación y un cuarto de aislamiento. El cuarto de aislamiento estaba barricado; el complejo entero parece haberse incendiado en algún punto. Muchos rastros de sangre han sido encontrados alrededor del cuarto de aislamiento.


Creímos estar haciendo algo sencillo: toma algunos cromosómas, rebánalos, asíganlos por allá y por acá, bum, ser humano perfecto. Aún no estoy muy seguro de qué fue lo que salió mal: una falla en los cálculos, un error de procedimiento… algo fuera de nuestro control.

Nos intrigaban las emociones humanas (algunos colegas y yo). Enojo, tristeza, euforia. ¿Era posible fijar la menta en una sola emoción, digamos, fijarla en un estado eufórico que hiciera imposible que el pensamiento se nublara con tristezas o enojos? hipotéticamente, sí.

No voy a describir nuestros procedimientos. No querría que se repitieran, pero además, sospecho que recordarlos de nuevo me hará mal. Hicimos cosas horribles. Éramos jovenes y ambiciosos, nada nos detuvo, nadie nos dijo que estábamos equivocados. Todo lo que diré es que nos hicimos de algunas células madre y las empleamos con algunos fetos, jugando aquí y allá con las hélices. El nombre código del proyecto era “Ángel”, el objetivo era crear un ser que sólo fuera capaz de sentir felicidad.

La mitad de los sujetos murieron, sin causa ni advertencia. La otra mitad fue adquiriendo deformaciones durante su desarrollo. Tres nacieron bien. Perfectos, creímos. Un humano con una capacidad mental sin prescedentes debido a su estado emocional fijo.

Hasta los diecioho meses, se vieron por completo normales. Entonces aparecieron los primeros síntomas. Falta de balance, problemas para dormir, baja respuesta. Todos comenzábamos a temer que el proyecto naufragaría, pero continuamos con normalidad. Debimos acabar ahí. Debimos tomar a esos sujetos, sacrificarlos, quemar los restos y cerrar la instalación.

Las cosas se pusieron peor. Los movimientos de los sujetos de prueba fueron volviéndose cada vez más esporádicos; eran incapaces de formar palabras, aunque eran muy capaces de reir y a eso se dedicaban casi todo el tiempo. No era una risa normal. Era más bien apagada y entrecortada. No importaba qué clase de tortura o dolor experimentaba cualquiera de los sujetos: se reía, como si se estuviera burlando de ti, de todo, notando que tus intentos por dañarlo eran inútiles.

Esperábamos que los sujetos tuvieran una alta capacidad de aprendizaje. Ocurrió lo contrario. Su desarollo cognitivo fue retrasándose, más y más. No podían prestarle atención a nada por más de unos cuantos minutos, antes de terminar riendo. Esperamos que estos síntomas fueran desapareciendo con el crecimiento de los sujetos. Apodamos a la colección de síntomas “Síndrome de la marioneta sonriente”, porque los movimientos involuntarios en los niños, los hacían parecer marionetas de hilo.

Luego de cinco años en el proyecto terminamos por entender que no habia esperanzas. No soportábamos más las risas de esas cosas; como si supieran algo que nosotros ignorábamos, una broma que se pasaban de boca en boca. Mirar un niño que tiene espasmos esporádicos y no para de reir es una memoria que no se borra fácilmente. Dos de mis colegas renunciaron por no poder soportarla. Nunca escuché de ellos luego, es posible que estén muertos.

La decisión nos cambió a todos. Algo se debe morir dentro de ti para decidir matar un niño, aunque sepas que ese niño no tiene lugar en el mundo. Impregnamos un desayuno con una toxina que debería de matarlos de forma rápida e indolora. El compañero de siempre se encargó de servir las charolas, mientras nosotros observábamos. Cuando dejó la ultima, se llevó las manos a las sientes y comenzó a gritar. Se arrodilló. Los niños, a su alrededor, habían dejado de reir. Lo miraban. Nuestro compañero colapsó, se agitó un minuto, quizá dos y luego se quedó inmóvil.

Luego, lo que fuera que había afectado a nuestro compañero, comenzó a afectarnos a nosotros, en la cámara de observación. Era enloquecedor. Una voz. Un zumbido. Fue derribándonos. Logré soportar lo suficiente para arrastrarme hasta el botón para sellar la cámara de observación. Del otro lado del cristal, uno de los niños me miraba, temblando, sonriendo. La luz se apagó, perdí el conocimiento, no sé por cuanto tiempo. Cuando la luz volvió, dos de mis colegas estaban en el suelo. Sus extremidades, con los huesos rotos, estaban retorcidas en ángulos extraños. De lejos, parecían estar muertos. Acercarse, revelaba que sus ojos estaban abiertos; que reían, muy, muy despacio.

Los niños habían desaparecido. Desde ese momento y hasta hoy, me he sentido permanentemente observado. Algo, en el rabillo de mis ojos, algo que se mueve conmigo, siempre en la línea de lo que puedo percibir por completo. Sobrevivimos dos. Cerramos el complejo y eliminamos todas las copias de nuestra investigación. Luego, perdimos contacto. A veces escucho las risas mientras duermo. A veces escucho las risas despierto. Cuando eso pasa, huyo, sin importar en donde esté. No puedo quedarme más de unos días en el mismo lugar.

Se contagia. Otros niños tienen los síntomas. No tengo la más remota idea de cómo se contagia. No debería ser contagioso. Alguien, en algún lugar, se inventó todo un cuento sobre una desviación del cromosóma quince que contentó a la opinión púbica; la enfermadad fue nombrada “el síndrome del ángel”. Hasta ahora, los contagiados no son peligrosos. Sé que los originales están en alguna parte. Sé que vienen por mí, que me están buscando. Lo acepto. Me lo he ganado. Dejo esta carta como una advertencia. Vendrán por ti también. Vendrán por todos. En cuanto escuchas un suspiro, una risita, casi imperceptible, en el umbral de lo que puedes oir, corre; si sientes una silueta en la orilla de tu campo de visión, corre. Dame por muerto.

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