un escalón extra

¿Conoces esa sensación, Karla, de esperar un peldaño más en la escalera y llegar al suelo? ¿Ese medio segundo en el que te desorientas por completo? Eso es lo que los astronautas solemos sentir, hasta que nos acostumbramos.
Perdón por divagar, hablar me ayuda.
Te preguntabas si me habían dado píldoras de suicidio antes de la misión. Me reí, te dije que ese era un mito, que para morir en una estación basta con desatornillar una exclusa y que, de cualquier modo, los astronautas no pensamos así.
Antes de la primer misión a la luna, se cuenta que un reportero le preguntó a alguien en la tripulación qué haría si de pronto el módulo no pudiera despegar y se quedaran varados.
¿Su respuesta?

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Ultimatum

Recuerdo el día en que las arañas salieron de sus agujeros y cubrieron la superficie de la luna. Los telescopios de la NASA capturaron en video de alta definición a las olas de criaturas, arrastrándose como un líquido hasta donde el cuadro alcanzaba. Eran tan grandes como carros. Distinguir la forma de una sola, de entre la multitud, me llenó de asco por días.

Los temblorosos meses siguientes, la humanidad reaccionó a la presencia de formas de vida en el sistema solar, no en una remota luna como Titán, no en algún planetoide inhóspito del cinturón, sino en nuestro propio satélite. Muchos querían cristalizar el polvo de la superficie con cabezas nucleares. Otros querían la paz. Algunos los creían dioses.

Yo dejé de mirar hacia arriba por la noche: el rojo marrón de las criaturas se había devorado al conejo entero.

»clic clic clic clic

MI HERMANO MURIÓ CUANDO YO ERA UN NIÑO. ENTONCES HABLÓ. CREO QUE LA GENTE DEBERÍA DE SABER LO QUE DIJO

Cuando escuchamos al doctor hablando sobre Dennis, estábamos tan listos como pudiera estarse. Lo encajaríamos en nuestro entendimiento de las cosas y asumiríamos que se habría ido a donde la gente se va cuando muere. Habría sido más fácil, mucho menos problemático que lo que pasó. Dennis fue diagnosticado con cáncer un par de días luego de nuestro cumpleaños y de ahí todo rodó colina abajo.

Nunca hubo esperanzas de operar, mirar los scans era mirar la progresión de una telaraña negra abriéndose camino por el interior de mi hermano, conforme pasaban las semanas, los meses. Era mi gemelo y fuimos idénticos hasta su primer quimio, eso sólo volvió las cosas grotescas: yo era para él una imagen perfecta de lo que solía ser antes de que su cabello cayera y sus mejillas se vaciaran de sangre, hundiéndose hasta descubrir el dibujo de su cráneo; éramos ambos, para el otro, extraños fantasmas de lo que pudimos ser y jamás.

El médico cerró el caso, soplando nuestras últimas esperanzas como se soplan las velas de un pastel:

—Dennis no durará mucho más de cuatro días, una semana cuando mucho.

Así que acampamos en el aroma rancio y azucarado en medicamentos de su cuarto de hospital, de muros color olivo y patrón de lunares; con la luz colándose por entre las persianas a medio cerrar, abriéndose en barras luminosas que se extendían por el suelo y terminaban a poco de llegar a su cama. El personal trajo una camilla para que yo durmiera, mis padres se acomodaron en frágiles sillas junto a él.

Para este momento, Dennis se veía de verdad mal. Podías ver con claridad su esqueleto entero. Todos queríamos hablar con él, pero él no despertó durante todo el día y cuando lo hizo, sólo hubo silencio. Nadie sabía qué decir, no había palabras posibles y por debajo del paso de los segundos, corría este miedo secreto de que en el momento de que alguien invocara lo que estaba a punto de ocurrir, se volvería real; a la primer señal caeríamos todos de la cuerda floja, estallaríamos en llanto y no podríamos recomponernos. Así que guardábamos silencio, mis padres intentaban ensayar sonrisas que nunca llegaban hasta sus ojos.

Ocurrió al tercer día, el estable tono del monitor cardiaco se interrumpió y comenzó a emitir una alarma, mientras el cuerpo de Dennis comenzaba a temblar y desde el interior de su boca emanaba el eco de un crujido, como si por dentro se deshiciera.

Mis padres saltaron de sus asientos, mi madre directo a Dennis, para sujetarlo de los hombros y rogarle que se detuviera, mi padre a la puerta, a gritar por ayuda a quien quiera que pasara por el pasillo.

Los doctores y enfermeras a cargo habían ido cambiando su comportamiento poco a poco. Antes, los protocolos de resucitación se veían como actos desesperados, carreras de cien metros planos con un deseo frenético de que cada movimiento ocurriera correctamente. Ahora era más bien como un trote desangelado, estos eran malos actores palomeando las viñetas en un instructivo de lo que se supone que deben tratar.

No creo que hubiera hecho ninguna diferencia. El cáncer se le había desbordado y su sistema ya no contaba con recursos para manejarlo de ningún modo. Declararon la hora de muerte y se fueron, ofreciendo condolencias y diciendo que se llevarían el cuerpo en el momento en que estuviéramos listos. La puerta se cerró a nuestras espaldas: Mamá, Papá, yo y el cuerpo de Dennis.

Nos fuimos acercando, despacio, al lado de su cama, solo para mirarlo. Mi madre se rompió y comenzó a llorar un lamento largo que se convirtió en un aullido. Mi padre la sujetó del hombro, la abrazó intentando mantener la calma, pero perdiéndola, sin llanto; apenas una lágrima ocasional atravesándole la cara, hasta la mueca en la que su boca se congeló.

Yo me quedé mirando el rostro de mi hermano.

No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Me di cuenta de que esto no era una sola cosa, no era un solo suceso. Por primera vez mi mente comenzó a procesar las infinitas implicaciones de esto, a hundirme el estómago con cada hecho ineludible: nunca iba a poder hablar con él de nuevo, nunca íbamos a cenar juntos de nuevo, no se iba burlar de mí otra vez, no íbamos a caminar juntos a la escuela ni a molestarnos al tener que compartir el mismo salón de clase. Esta no era una sola perdida, eran un millón de cosas, algo que se suponía sería una presencia constante desparecía y nada sería tan bueno como iba a ser.

Fui el primero en mirar sus labios.

—Está moviendo la boca.

Mis padres se congelaron, se engancharon el uno al otro, mi madre pareció perder fuerza en las piernas, mi padre la sostuvo. Sus labios temblaban. Mis padres guardaron silencio. Supongo que intentaban racionalizar, pensar en un estremecimiento nervioso, nada más. Pero su boca se abrió y de su interior, una voz ronca, hundida y leve como el paso del viento que pasa muy lejos de donde estás, pronunció mi nombre.

»Dennis…

buena suerte

Extraño mucho a mi hermana, era más grande que yo y no tenía miedo cuando papá y mamá gritaban por pobres. Siempre fuimos pobres. La ropa que mi hermana y yo usábamos era regalada, no tenemos muebles, ni camas. Por eso en la escuela se burlaban de nosotros.

Se fue hace un año. No me dijo nada. Yo me hubiera ido con ella. Mi mamá me dijo que ya no estaba. Luego mis papás ganaron un premio de lotería. Mi mamá dijo que había recogido el boleto de un bote de basura. Les dieron una maleta llena de dinero.

Pensé que ya no éramos pobres. Pero estaba mal. Mi papá se compró un carro nuevo y una televisión grande. Mi mamá se compró mucha ropa y unos aretes y unos collares que dice que están muy bonitos. A mí no me compran nada. Pero la maleta ya casi está vacía.

Una tarde les pregunté qué iban a hacer cuando ya no hubiera nada. Me dijeron que todavía me tenían a mí. Al menos me quieren, aunque no sean tan buenos conmigo, ni hayan intentado buscar a mi hermana nunca.

El síndrome de la marioneta sonriente

El siguiente manuscrito fue encontrado en un complejo abandonado y descubierto en los bosques de Alaska. El complejo está formado por un cuarto de observación y un cuarto de aislamiento. El cuarto de aislamiento estaba barricado; el complejo entero parece haberse incendiado en algún punto. Muchos rastros de sangre han sido encontrados alrededor del cuarto de aislamiento. Sigue leyendo

colores

—¡Esas eran verdes! —gritó el hombre, mirando las plantas en el jardín. —¡lo juro, ayer eran verdes!

Su esposa intentaba leer un libro al otro lado del sillón.

Miró a su alrededor. Sus ojos fueron incapaces de enfocar un momento y se los talló.

—¡Los muros! ¡Antes eran azules!, ¡los pintamos de color azul hace dos meses! ¿por qué no son azules? —parecía incapaz de controlarse, su esposa detuvo la lectura y lo miró un momento, esperando aún que estuviera jugando.

—Amor, has tenido un día muy largo, deberías relajarte.

—¡No me digas qué hacer, no me digas qué me pasa!

Tal vez su esposo estubiera borracho. La mujer intentó seguir con el libro, pero a cada tanto, los gritos de su esposo la volvían a interrumpir.

—¡Esto era naranja! —lo escuchó gritar al otro lado del cuarto.

—¡Esto era marrón! —gritó después.

—Eso era morado! —insistió entonces.

Luego, guardó silencio. La mujer sonrió y devolvió la vista al libro.

Algo estalló en la cocina. La mujer saltó del sillón y salió disparada para ver qué pasaba. Cuando llegó, se ahogó en un largo y profundo grito.

La ventana al exterior estaba deshecha. Olía a pólvora. Pudo reconocer la escopeta, tirada en el suelo, junto a su marido, que sostenía sus tripas en las manos.

—estas… eran… rojas…

corazón de autoestopista

Hay cierto tipo de autoestopista que sólo aparece durante la noche, en caminos silenciosos; salta casi a la existencia al ser rozados por la luz de los faros, sin letreros ni cartones, siempre con un rostro abatido; envueltos en capas de harapos, gruesos y sucios. Si levantas uno, será amable, pero no hablará mucho: el siguiente pueblo, la siguiente ciudad está bien, gracias; dirá, y se quedará ahí a un lado tuyo, tranquilo y normal, excepto si intentas matarlo.

Ofrecen poca, si no nada de resistencia. Bajo la ropa, las cicatrices bajo su piel forman patrones que despiertan cierta sensación de angustia, cierta sensación de temor. No tienen carteras. No tienen credenciales. Si abres su abdomen, son distintos a los hombres: no hay sangre, no hay músculos; sólo un hueco con un objeto en el centro. El objeto varía. Puede ser, por ejemplo, una moneda pesada, acuñada con símbolos que nadie reconocerá; un diamante, con lados y aristas afilados y capaces de cortarte un dedo en un solo movimiento; una pequeña vasija, irrompible, que huele como las olas del mar y está siempre húmeda.

Una vez que te haces de uno de estos objetos, tenderás a descubrirte más y más, manejando por la noche en caminos silenciosos. No querrás hacerlo y de algún modo, simplemente terminarás aquí. El ansia de tener uno más, te recorrerá el fondo de la mente, te empujará a bajar la velocidad en cada curva desierta hasta dar con una nueva silueta. Te intentarás decir que este es distinto, que este es normal; que sólo está de aventura o se ha quedado sin gasolina; escucharás, lejos, a la última parte de tu cerebro que ve lo que haces y te dirás que con este nuevo secreto, que con este nuevo prodigio bastará, será suficiente.