Coldtom

Durante la segunda mitad del siglo XIV, hacia 1360, vivió un terrateniente llamado Waywick, en una área actualmente conocida como Cheddar, en Inglaterra, que terminó apropiándose de un sirviente muy singular, sobre todo tomando en consideración que los Waywick no contaban con ningún sirviente, excepto por el que apareció una tarde, luego del te. La hija mayor de Waywick fue la primera en notar la presencia de este hombre y creyéndolo primero un cliente (aunque con toda honestidad, habría sido un pintoresco cliente) y le informó que Waywick no se encontraba en ese momento.
Cold Tom, como pidió que se le llamase, miró desde la mesa de trabajo en la que se encontraba sentado y le contó a la moza que él era el sirviente de su padre y viviría a su servicio por el tiempo que su nuevo amo ordenara.
Y así, Cold Tom acabó viviendo con los Waywick, adoptando una curiosa combinación de mayordomo, jardinero, entrenador y negociante. EL señor Waywick terminó consultando a Tom por muchos motivos, muchos más de los que su familia creería prudentes; pues Tom ejercía un efecto muy curioso sobre él. Tom era más bien alto, excesivamente delgado y de cabeza demasiado larga, cubierta por un tipo de cabello apagado y casi blanco; su cara estaba partida con una marca en forma de fresa que contaba era una marca de nacimiento y que contrastaba con sus ojos, uno azul y uno verde, brillantes, sobre todo cuando no había luz.
Sin importar lo extraño que fuese, Tom siempre le fue fiel a los Waywick y siempre hizo lo mejor que pudo para servirles en todo. El único cambio de humor que tuvo lo provocó una travesura de Margareta, que, haciéndolo tropezar, provocó que un viejo jarrón de porcelana terminara hecho pedazos; nadie sin embargo, quiso hacerlo culpable.
Una mañana de un cuatro de abril, en el último año de 1360, la señora Waywick vino a encontrar una credenza en la cocina en donde nunca una credenza había existido. Era, Tom se lo explicó cuando ella preguntó, una credenza mágica. Él siempre había creído cruel al señor Waywick, por nunca regalar a su mujer un lugar tranquilo para descansar al menos un momento del trajín diario.
La señora Waywick quiso saber qué había dentro de la credenza y Cold Tom, con calma explicó:
—oh, a un lugar mágico donde todo menester es levantado de tus hombros y se vive en utópica calma y tranquilidad para siempre; debería verlo usted misma, —la invitó.
Cold Tom, respondió que ¡pero por supuesto que sabía! y sintiéndose apenado de nunca consentir a su esposa, le había pedido Tom que trajera este regalo para ella.
La señora Waywick no sabía qué significaba “utópica”, pero le preguntó a Tom si su esposo estaba enterado de todo esto.
Oh —dijo la señora Waywick —entonces está bien —y dicho esto, entró en el mueble.
Tradicionalmente, se cuentan 137 desaparecidos en el mueble durante esa tarde, que nunca fueron vueltos a ver por nadie; incluyendo al señor Waywick, su hija menor y la que le seguía, la nodriza, ocho de sus vecinos, la mayor parte de los niños del pueblo, el párroco y muchos de sus hermanos y hermanas.
Sólo la hija mayor de Waywick, Mary, permaneció afuera y así refirió todo a los hombres del rey, sobre lo que había pasado, contando que su papá “había entrado hace unos días, para intentar persuadir a la gente de salir de ahí, pero aún no había vuelto”.
De Cold Tom no se encontró el menor rastro, aunque en 1914, en una excavación arqueológica comenzada en la costa norte de la isla, en lo que se sospechaba la localización de un pueblo antediluviano, los arqueólogos encontraron unas escaleras que se hundían en la tierra, detrás de dos piedras monolíticas y una encima de otra.
Las escaleras llegaban hasta un cuarto subterráneo de unos veinte pies por unos dieciséis pies de ancho; el cuarto estaba lleno de cadáveres, poco más de cien, todos sentados con las rodillas debajo de la barbilla y los brazos amarrados a las piernas; los especialistas nunca pudieron explicar cómo es que, teniendo ropas que los remontarían a más de seiscientos años atrás, sus muertes parecían recientes.

 
 
 


Extraído de un libro para niños intitulado “un paseo por Waywickshire y otros cuentos de imposibles verdades”; pocas copias de este libro sobreviven. El autor de este cuento se llama Arthur Holmeswick.

un escalón extra

¿Conoces esa sensación, Karla, de esperar un peldaño más en la escalera y llegar al suelo? ¿Ese medio segundo en el que te desorientas por completo? Eso es lo que los astronautas solemos sentir, hasta que nos acostumbramos.
Perdón por divagar, hablar me ayuda.
Te preguntabas si me habían dado píldoras de suicidio antes de la misión. Me reí, te dije que ese era un mito, que para morir en una estación basta con desatornillar una exclusa y que, de cualquier modo, los astronautas no pensamos así.
Antes de la primer misión a la luna, se cuenta que un reportero le preguntó a alguien en la tripulación qué haría si de pronto el módulo no pudiera despegar y se quedaran varados.
¿Su respuesta?

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Ultimatum

Recuerdo el día en que las arañas salieron de sus agujeros y cubrieron la superficie de la luna. Los telescopios de la NASA capturaron en video de alta definición a las olas de criaturas, arrastrándose como un líquido hasta donde el cuadro alcanzaba. Eran tan grandes como carros. Distinguir la forma de una sola, de entre la multitud, me llenó de asco por días.

Los temblorosos meses siguientes, la humanidad reaccionó a la presencia de formas de vida en el sistema solar, no en una remota luna como Titán, no en algún planetoide inhóspito del cinturón, sino en nuestro propio satélite. Muchos querían cristalizar el polvo de la superficie con cabezas nucleares. Otros querían la paz. Algunos los creían dioses.

Yo dejé de mirar hacia arriba por la noche: el rojo marrón de las criaturas se había devorado al conejo entero.

»clic clic clic clic

MI HERMANO MURIÓ CUANDO YO ERA UN NIÑO. ENTONCES HABLÓ. CREO QUE LA GENTE DEBERÍA DE SABER LO QUE DIJO

Cuando escuchamos al doctor hablando sobre Dennis, estábamos tan listos como pudiera estarse. Lo encajaríamos en nuestro entendimiento de las cosas y asumiríamos que se habría ido a donde la gente se va cuando muere. Habría sido más fácil, mucho menos problemático que lo que pasó. Dennis fue diagnosticado con cáncer un par de días luego de nuestro cumpleaños y de ahí todo rodó colina abajo.

Nunca hubo esperanzas de operar, mirar los scans era mirar la progresión de una telaraña negra abriéndose camino por el interior de mi hermano, conforme pasaban las semanas, los meses. Era mi gemelo y fuimos idénticos hasta su primer quimio, eso sólo volvió las cosas grotescas: yo era para él una imagen perfecta de lo que solía ser antes de que su cabello cayera y sus mejillas se vaciaran de sangre, hundiéndose hasta descubrir el dibujo de su cráneo; éramos ambos, para el otro, extraños fantasmas de lo que pudimos ser y jamás.

El médico cerró el caso, soplando nuestras últimas esperanzas como se soplan las velas de un pastel:

—Dennis no durará mucho más de cuatro días, una semana cuando mucho.

Así que acampamos en el aroma rancio y azucarado en medicamentos de su cuarto de hospital, de muros color olivo y patrón de lunares; con la luz colándose por entre las persianas a medio cerrar, abriéndose en barras luminosas que se extendían por el suelo y terminaban a poco de llegar a su cama. El personal trajo una camilla para que yo durmiera, mis padres se acomodaron en frágiles sillas junto a él.

Para este momento, Dennis se veía de verdad mal. Podías ver con claridad su esqueleto entero. Todos queríamos hablar con él, pero él no despertó durante todo el día y cuando lo hizo, sólo hubo silencio. Nadie sabía qué decir, no había palabras posibles y por debajo del paso de los segundos, corría este miedo secreto de que en el momento de que alguien invocara lo que estaba a punto de ocurrir, se volvería real; a la primer señal caeríamos todos de la cuerda floja, estallaríamos en llanto y no podríamos recomponernos. Así que guardábamos silencio, mis padres intentaban ensayar sonrisas que nunca llegaban hasta sus ojos.

Ocurrió al tercer día, el estable tono del monitor cardiaco se interrumpió y comenzó a emitir una alarma, mientras el cuerpo de Dennis comenzaba a temblar y desde el interior de su boca emanaba el eco de un crujido, como si por dentro se deshiciera.

Mis padres saltaron de sus asientos, mi madre directo a Dennis, para sujetarlo de los hombros y rogarle que se detuviera, mi padre a la puerta, a gritar por ayuda a quien quiera que pasara por el pasillo.

Los doctores y enfermeras a cargo habían ido cambiando su comportamiento poco a poco. Antes, los protocolos de resucitación se veían como actos desesperados, carreras de cien metros planos con un deseo frenético de que cada movimiento ocurriera correctamente. Ahora era más bien como un trote desangelado, estos eran malos actores palomeando las viñetas en un instructivo de lo que se supone que deben tratar.

No creo que hubiera hecho ninguna diferencia. El cáncer se le había desbordado y su sistema ya no contaba con recursos para manejarlo de ningún modo. Declararon la hora de muerte y se fueron, ofreciendo condolencias y diciendo que se llevarían el cuerpo en el momento en que estuviéramos listos. La puerta se cerró a nuestras espaldas: Mamá, Papá, yo y el cuerpo de Dennis.

Nos fuimos acercando, despacio, al lado de su cama, solo para mirarlo. Mi madre se rompió y comenzó a llorar un lamento largo que se convirtió en un aullido. Mi padre la sujetó del hombro, la abrazó intentando mantener la calma, pero perdiéndola, sin llanto; apenas una lágrima ocasional atravesándole la cara, hasta la mueca en la que su boca se congeló.

Yo me quedé mirando el rostro de mi hermano.

No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Me di cuenta de que esto no era una sola cosa, no era un solo suceso. Por primera vez mi mente comenzó a procesar las infinitas implicaciones de esto, a hundirme el estómago con cada hecho ineludible: nunca iba a poder hablar con él de nuevo, nunca íbamos a cenar juntos de nuevo, no se iba burlar de mí otra vez, no íbamos a caminar juntos a la escuela ni a molestarnos al tener que compartir el mismo salón de clase. Esta no era una sola perdida, eran un millón de cosas, algo que se suponía sería una presencia constante desparecía y nada sería tan bueno como iba a ser.

Fui el primero en mirar sus labios.

—Está moviendo la boca.

Mis padres se congelaron, se engancharon el uno al otro, mi madre pareció perder fuerza en las piernas, mi padre la sostuvo. Sus labios temblaban. Mis padres guardaron silencio. Supongo que intentaban racionalizar, pensar en un estremecimiento nervioso, nada más. Pero su boca se abrió y de su interior, una voz ronca, hundida y leve como el paso del viento que pasa muy lejos de donde estás, pronunció mi nombre.

»Dennis…

buena suerte

Extraño mucho a mi hermana, era más grande que yo y no tenía miedo cuando papá y mamá gritaban por pobres. Siempre fuimos pobres. La ropa que mi hermana y yo usábamos era regalada, no tenemos muebles, ni camas. Por eso en la escuela se burlaban de nosotros.

Se fue hace un año. No me dijo nada. Yo me hubiera ido con ella. Mi mamá me dijo que ya no estaba. Luego mis papás ganaron un premio de lotería. Mi mamá dijo que había recogido el boleto de un bote de basura. Les dieron una maleta llena de dinero.

Pensé que ya no éramos pobres. Pero estaba mal. Mi papá se compró un carro nuevo y una televisión grande. Mi mamá se compró mucha ropa y unos aretes y unos collares que dice que están muy bonitos. A mí no me compran nada. Pero la maleta ya casi está vacía.

Una tarde les pregunté qué iban a hacer cuando ya no hubiera nada. Me dijeron que todavía me tenían a mí. Al menos me quieren, aunque no sean tan buenos conmigo, ni hayan intentado buscar a mi hermana nunca.

Sx marioneta sonriente

Manuscrito recuperado de las instalaciones de investigación genética de la compañía [editado]. Como se detalla en los testimonios anexos el complejo está dividido por el área de observación y un área de aislamiento. El acceso al área de aislamiento estaba barricado; en algún punto, las instalaciones fueron incendiadas. Restos humanos y señales de pelea abundan en todo el complejo. §abrir

colores

—¡Esas eran verdes! —gritó el hombre, mirando las plantas en el jardín. —¡lo juro, ayer eran verdes!

Su esposa intentaba leer un libro al otro lado del sillón.

Miró a su alrededor. Sus ojos fueron incapaces de enfocar un momento y se los talló.

—¡Los muros! ¡Antes eran azules!, ¡los pintamos de color azul hace dos meses! ¿por qué no son azules? —parecía incapaz de controlarse, su esposa detuvo la lectura y lo miró un momento, esperando aún que estuviera jugando.

—Amor, has tenido un día muy largo, deberías relajarte.

—¡No me digas qué hacer, no me digas qué me pasa!

Tal vez su esposo estubiera borracho. La mujer intentó seguir con el libro, pero a cada tanto, los gritos de su esposo la volvían a interrumpir.

—¡Esto era naranja! —lo escuchó gritar al otro lado del cuarto.

—¡Esto era marrón! —gritó después.

—Eso era morado! —insistió entonces.

Luego, guardó silencio. La mujer sonrió y devolvió la vista al libro.

Algo estalló en la cocina. La mujer saltó del sillón y salió disparada para ver qué pasaba. Cuando llegó, se ahogó en un largo y profundo grito.

La ventana al exterior estaba deshecha. Olía a pólvora. Pudo reconocer la escopeta, tirada en el suelo, junto a su marido, que sostenía sus tripas en las manos.

—estas… eran… rojas…

corazón de autoestopista

Hay cierto tipo de autoestopista que sólo aparece durante la noche, en caminos silenciosos; salta casi a la existencia al ser rozados por la luz de los faros, sin letreros ni cartones, siempre con un rostro abatido; envueltos en capas de harapos, gruesos y sucios. Si levantas uno, será amable, pero no hablará mucho: el siguiente pueblo, la siguiente ciudad está bien, gracias; dirá, y se quedará ahí a un lado tuyo, tranquilo y normal, excepto si intentas matarlo.

Ofrecen poca, si no nada de resistencia. Bajo la ropa, las cicatrices bajo su piel forman patrones que despiertan cierta sensación de angustia, cierta sensación de temor. No tienen carteras. No tienen credenciales. Si abres su abdomen, son distintos a los hombres: no hay sangre, no hay músculos; sólo un hueco con un objeto en el centro. El objeto varía. Puede ser, por ejemplo, una moneda pesada, acuñada con símbolos que nadie reconocerá; un diamante, con lados y aristas afilados y capaces de cortarte un dedo en un solo movimiento; una pequeña vasija, irrompible, que huele como las olas del mar y está siempre húmeda.

Una vez que te haces de uno de estos objetos, tenderás a descubrirte más y más, manejando por la noche en caminos silenciosos. No querrás hacerlo y de algún modo, simplemente terminarás aquí. El ansia de tener uno más, te recorrerá el fondo de la mente, te empujará a bajar la velocidad en cada curva desierta hasta dar con una nueva silueta. Te intentarás decir que este es distinto, que este es normal; que sólo está de aventura o se ha quedado sin gasolina; escucharás, lejos, a la última parte de tu cerebro que ve lo que haces y te dirás que con este nuevo secreto, que con este nuevo prodigio bastará, será suficiente.

mímesis

Esa cosa apareció una mañana, un cúmulo, un pedazo de algo asomando del suelo. En adelante me dediqué a cortarlo y desde ese día se dedicó a salir. Al principio creí que se trataba de algún tipo de planta pero al examinarla más de cerca me di cuenta que este era un bulbo de piel, un tumor. Lo cortaba con asco todos los días con la ayuda de un hacha y volvía a salir y yo la volvía cortar y ella volvía a salir. Soy una persona curiosa. Así que un día decido que la voy a dejar crecer un poco para ver qué pasa… grave error. El bulbo se levanta del suelo y se convierte en una esfera de carne que palpita. Una noche mientras intento dormir me asomo por la ventana y veo a la cosa moviéndose, como si algo empujara desde su interior pero realmente nada empuja desde su interior sino que se está esforzando. En un momento veo una silueta que me parece la de una mano y me llena de horror. Cierro la cortina y pretendo que no vi nada, que todo es mi imaginación. Mi imaginación me está engañando, me digo, y consigo dormir por esa noche. El siguiente día decido que haré guardia delante de ella, solamente para convencerme de que he visto mal. Me llevo una silla y me siento en el porsche. Me quedo dormido antes de que pase nada. Pasada una semana decido que ese día no voy a trabajar, duermo durante todo el día y me levanto a las ocho de la noche. Alrededor de las tres de la mañana la bola comienza a moverse y a adoptar una forma que me parece muy familiar. Pulso tras pulso, voy reconociendo los rasgos como si se tratara de un recién nacido: la nariz aguileña, la mirada fría que siempre ha incomodado a todos. Se está burlando de mí, pienso, porque ha formado una mecedora con sus propios bultos e incluso algo que parece ser una pipa. La cosa extraña camina a la par de mí. Se mueve con tal sincronía con mis propios sentimientos que de pronto me siento delante de un espejo. Levanto una mano y la cosa también. Levanto la otra, la cosa también. Nos rodeamos contemplándonos, buscando una falla, un momento para atacar al otro. Corro a la casa a la par que él, atravesamos el porsche como en una coreografía, los dos sabemos lo mismo, los dos pensamos lo mismo, los dos queremos lo mismo, pero yo alcanzo la escopeta primero y le disparo. la criatura se desploma con los perdigones. Me sujeta y me ensucia la ropa nueva con su sangre. Me miro morir, despacio, a poco de su último respiro, me doy un tiro en la cabeza y ahí acaba la similitud. Estoy cansado. Arrastro mi cuerpo afuera y lo lanzo lejos de mi casa. Lo enterraré mañana, me digo, luego me recuesto a dormir.

Silvia

Comencé a vivir en el complejo cuando tenía 24 años. “Complejo” es una palabra que no se le ajusta tan bien, porque en realidad se trata de un bloque de departamentos, para la rehabilitación de pacientes mentalmente inestables. Tenemos de todo, desde esquizofrénicos hasta diagnósticos muy severos de depresión y todo lo que pueda definirse en medio.

Si voy a contar esta historia, debo regresar un poco más atrás. Entrené en Australia para convertirme en un enfermero. Me inscribí a un programa doble de humanidades y cuidado terapéutico; para el componente de humanidades, me licencié en psicología; que es también en donde descubrí mi interés por el cuidado psiquiátrico. Hice mis internados en hospitales psiquiátricos y albergues; en mi último año, se me asignó un gran manicomio. Fue aquí donde conocí a Brian. Era un caso interesante. Sufría una esquizofrenia paranoide, aunque había adquirido los síntomas de modo prematuro; siendo detectado a la edad de 16 años. Era resistente a muchos tipos de narcóticos, encontraba de poco a nada de alivio en la terapia ocupacional y de grupo y había resistido un ciclo completo de terapia electroconvulsiva, sin mejoras.

Su familia debió depender más y más de internamiento para cuidar de él, hasta que finalmente, cuando cumplió 22 años, fue admitido permanentemente en el manicomio en el que yo iba a trabajar; el hospital psiquiátrico St John of God, en Burwood, Sydney. Me atrajo desde el momento en el que lo conocí. Aunque padecía de síntomas comunes entre esquizofrénicos, si bien, en un nivel bastante avanzado (alucinaciones auditivas, táctiles y visuales de grado mayor y un cuadro paranoico completo), me cayó bien. Me pareció un tipo normal, de más o menos mi edad, de cabello revuelto y mal cuidado.

Tenía buena complexión, ejercitaba dentro de su propia celda, que le habían permitido adaptar  (una barra atravesada por encima de la puerta, para hacer brazo), debido al largo tiempo que ya tenía internado. Hablaba con mucha soltura conmigo e incluso, durante mis descansos, iba a la zona de fumar con él, para compartir un cigarrillo. Mi internado duró un mes entero, pero mi trabajo les impresionó tanto que me ofrecieron un contrato al término de mis estudios. Acepté.

Cuando me fui, Brian y yo mantuvimos contacto por eMail, nos hicimos amigos. Pasaron unos cinco meses antes de que me titulara y luego un par más, para las vacaciones de fin de año. Luego fui directo al St John of God, a tomar mi plaza. Compartíamos un montón de gustos, rasgos de personalidad y opiniones. Le solía llevar discos, libros y sets completos de DVD, para fomentar la conversación conmigo.

Durante la integración de un nuevo programa gubernamental, se compró un juego de departamentos y en asociación con otras autoridades de la salud y otros hospitales, se decidió que serían utilizados como un espacio de rehabilitación y estancia permanente de pacientes con síndromes mentales que requirieran terapia de largo plazo, o se encontraran lo suficientemente bien para readapatarse a sociedad. Me ofrecieron un lugar ahí, como cuidador. Implicaba vivir ahí y hacerme cargo de la medicación y el manejo de una larga lista de pacientes. Era un gran paso para mi edad y les dije que lo pensaría. Luego, durante un descanso y fumando, lo discutí con Brian. Me dijo que sabía del proyecto, porque era de los candidatos que ocuparían un departamento, me rogó que tomara el trabajo y entonces dijo con un tono más bajo “podrías protegerme”.

La cosa interesante con los pacientes esquizofrénicos es que su condición es una realidad para ellos. Creen en todo lo que experimentan y en lo que las voces dicen. Brian contaba con lo que solemos llamar insight, que puede explicarse como el entendimiento de su enfermedad, así como de los síntomas y el hecho final de que nada de esto es real; sino solo una parte de su condición. Era, sobre todo por esto último, que escucharlo expresar que necesitaba protección de mi parte, me llamaba la atención.

—¿de qué, Brian?

—de Silvia.

Es muy frecuente que quien padece de esquizofrenia establezca rapports con sus alucionaciones; que tengan alguna en particular, muy recurrente durante todo su curso, que compacte características y rasgos por completo únicos, una personalidad única, si se quiere; en reportes iniciales, Brian llegó a hablar de ser visitado por una “mujer gato”. Luego de que se le explicara que esto era parte de su condición, había dejado de mencionarlo.

—Brian, sabes que no es real, ¿lo sabes, verdad?

—ella no, ella es real.

Me preocupó, pero mantuve la calma y le pedí que me describiera lo que creía estar viendo.

—no hay manera de describirla, a menos que la veas y la escuches tú mismo.

 
 

Luego de pensarlo por un tiempo, tomé mi decisión. El incremento en la paga era muy notable y era exactamente el tipo de trabajo que me imaginaba desempeñando, sentía que podía hacer carrera en este puesto y me mudé a Camden. Camden es una comunidad relativamente rural, aunque queda cerca de la ciudad de Sydney y está llena de desarrollos urbanos por todas partes. Este, el bloque en el que viviría, se localiza bastante lejos del distrito central de Camden, en una zona no muy poblada.

No me preocupó mucho, pensé que el espacio y el silencio, de hecho, me vendrían bien. Durante el siguiente par de años, la gente vino y se fue, la vida fluyó en automático y aunque me hubiera hecho de una respetable nómina de amigos fuera de mis labores, mi relación con Brian, floreció. Vivíamos a un par de puertas de distancia y varias veces a la semana, me visitaba o lo visitaba, para tomar un par de cervezas, ver películas y pasar el rato (probablemente no debí dejarlo beber, pero vamos a suspender esa consideración ética por un rato).

 
 

Como fuera, su condición empeoraba. Reportaba constantemente ver a la “mujer gato”: lo visitaba por la noche y a veces, incluso durante el día. Lo reporté a los médicos que llevaban su caso, pero estos dijeron que no había necesidad de readmitirlo hasta que su cuadro se definiera por completo. Brian no era tonto. Creo que me hablaba a mí con honestidad y le decía otra cosa a los médicos. Sabía que, de otra forma, lo encerrarían de vuelta y lo llenarían de narcóticos, para repetirle, una y otra vez, cosas que había escuchado por años.

Hice lo que pude para apoyarlo y cuidar de él. Se notaba más tranquilo cuando estaba conmigo, hablaba de sus experiencias con libertad y me repetía que no se sentía seguro a solas. A menudo me encontré escuchando lo que me contaba, suspendiendo mi escepticismo y creyéndole quizá, demasiado, sólo para detenerme y recordar que hablaba con un paciente.

Nunca contó las cosas con demasiado detalle, excepto en algunas ocasiones e incluso en ellas, de manera supérflua. Me dijo que tenía calculado exactamente el momento en que era visitado: los ruidos comenzaban, siempre, a las tres con veinte de la mañana.

—¿Qué ruidos, Brian?

—Los maullidos. Suena como si hubiera un gato atrapado en mi departamento, pero no tengo un gato y no hay ningún gato por aquí. A veces voy y reviso, pero en cuanto enciendo una luz, deja de sonar, se detiene.

Los maullidos comenzaban lejos, se aproximaban por el pasillo y llegaban hasta el otro lado de su puerta. Entonces la veía.

—¿Cómo se ve?

Brian se estremecía visiblemente, murmuraba “sucia” y se negaba a continuar, a elaborar mucho más, reptiéndome lo que siempre me decía:

—no hay manera de explicarlo, a menos que tú mismo la veas.

El tiempo pasó y Brian empeoró. Me pidió que le permitiera tener una cámara, para que pudiera grabar sus alucinaciones y así poder probarme que esto era real, que esto era otra cosa. Sabía que no podía permitirlo. Brian tenía dinero de sus padres, pero no hubiera podido hacer eso sin reafirmar sus alucionaciones y empeorar su condición. Se volvió reclusivo, volviendo a la comunicación por eMail, como solíamos hacerlo al comienzo. Se distanció hasta el punto en que sólo lo veía para asegurarme de que estuviera tomando sus medicamentos, comiendo y limpiándose apropiadamente. Seguimos hablando por correo, de todas formas.

 
 

Regresé tarde de una noche de parranda con mis amigos del pueblo. No hay mucho qué ver en Camden, pero hay algunos pubs que al final están bien, que son relativamente limpios y tranquilos. Los departamentos estaban oscuros y callados. Entré al mío, me quite los zapatos y encendí la computadora; lo había vuelto un hábito: había perdido a Brian socialmente y ahora sólo podía conversar con él así. Eché un vistazo a mi bandeja de entrada, revisé mis notificaciones y borré cadenas y spam, hasta llegar al mensaje de mi amigo, con el asunto y el cuerpo del mensaje en blanco. Había un archivo adjunto: “xlivid.avi -42mb”.

Decidí abrir el archivo en vez de guardarlo. Una habitación a oscuras apareció en la ventana del reproductor. La luz de la luna iluminaba la ventana de Brian y una respiración pausada me hizo pensarlo dormido. La puerta estaba a la izquierda de su cama. Entendí que había decidido filmar todo con la cámara de su laptop, cuando se dio cuenta de que yo no lo ayudaría. El video duraba 10 minutos. Miré los primeros veinte segundos sin que nada pasara. Salté un minuto. Nada.

Estaba a punto de avanzar un poco más cuando escuché un sonido. Era casi indistinguible de la respiración de Brian, pero estaba ahí. Conecté unos audífonos y escuché con atención. Un canturreo venía de algún lugar, afuera del cuarto. Comenzó a crecer en magnitud. Era un maullido. Vi a Brian contraerse y jadear, despertando mientras el sonido se acercaba. Vi su cara pálida, iluminada por la luna mientras tomaba la laptop y la ajustaba para captar parte del techo y apuntarla bien hacia la puerta. El maullido, sin duda, se encontraba en el pasillo, afuera de su habitación. Esto duró unos cuatro minutos, hasta que la manija de la puerta comenzó a moverse y la puerta recorrió sus goznes. Brian respiraba agitado, acorralado en un rincón de su cama, contra el muro. Comencé a reconocer un rostro, conforme una silueta entró en la habitación. Se movió despacio, pasando el límite de la puerta, en una postura que me pareció de cuclillas. Nunca había visto algo como esto. La cabeza se quedó fija, mirando hacia la cama y la cámara desde el momento en que la notó, inclinándose un poco hacia la derecha. Era claramente, una cabeza de mujer, con cabello rubio y sucio colgándole por el frente. Los ojos estaban mal. Eran dos agujeros, sin sangre, como si este fuera un cuerpo que entierran y luego sacan luego de unos meses. Cuando la luz le iluminó la parte baja del rostro, tuve que dejar de mirar un momento el video. La mandíbula estaba claramente rota. Sus labios estaban recorridos hacia arriba y mostraban los dientes en un contorno desigual. Caminando a tumbos, sin intención, sin vida, se acercó, maullando.

Cuando el cuerpo se encontró por completo adentro de la habitación, entendí porqué su altura era tan baja. Estaba caminando sobre sus pies y sus manos. Sus rodillas se doblaban hacia atrás dolorosamente, su espalda estaba arqueada hacia arriba. Estaba vestida con un Jersey y una blusa, pero la luz de la luna hacía los colores indistinguibles. Estaba sucia, llena de polvo. Su cara nunca dejó de dirigirse a la laptop y la cámara. Se aproximó aún más, hasta que la perspectiva de la cama obstruyó su posición. Me quedé ahí sentado, inmóvil, incapaz de hacer nada. Silencio, sólo interrumpido por la respiración rápida de Brian. Las manos se sujetan a la cama y la mujer aparece. En una sucesión tan lenta que duele sólo verla, la mujer se ajusta de la espalda, con varios crujidos de hueso, que finalmente le permiten erguirse. Entonces se sienta sobre la orilla de la cama, dándole la espalda a Brian. Los maullidos suenan tranquilos. Deja de maullar. Siento, quiero, que se baje de la cama y se vaya. De pronto, su cabeza gira y su mandíbula se ajusta en lo que sólo puede describirse como una sonrisa rota, que confronta directamente a mi amigo.

Fue hasta ese momento que entendí que tenía que llegar hasta él. Al video le restaban dos minutos, más o menos, pero no me importó. Salí disparado de mi casa, corriendo hacia su puerta, que agarré a golpes, gritando su nombre. Cuando no contestó, tiré la puerta a empujones. El departamento estaba tranquilo, me dirigí de inmediato al cuarto de Brian. Estaba en la cama. La laptop cerrada junto a él. Sus ojos apuntaban hacia la ventana, planos. Lo llamé, en un susurro. No respondió. Me aproximé a él lentamente, hasta tocar su yugular con un dedo. Una sola lágrima le salió de un ojo, mientras dirigía su vista hacia mí. Estaba vivo.

Brian permaneció sin respuesta mientras intentaba despertarlo, llorando en silencio. La catatonia es otra parte de la esquizofrenia, aunque después de haber visto lo que había visto, tenía serias dudas sobre su condición y su diagnóstico. Revisé toda la casa, encendiendo las luces, teniendo el mayor cuidado del mundo mientras lo hacía. No encontré nada. Llamé a emergencias y les dije lo que había pasado. Llegaron a tomarme mi declaración y a revisar el departamento completo. Los polis asumieron una postura rígida y distante. No podía culparlos, toda la sonaba por completo descabellada. De hecho, comencé a dudar de mí mismo, incluso con el archivo en mi computadora.

Se llevaron la laptop de Brian como evidencia y me sugirieron llamar al hospital. Dijeron que era claro que Brian estaba pasando por una fuerte alucinación y que no se veía para nada bien. Mi corazón se hundió en cuanto entendí que no me creían una sola palabra. Les sugerí ver mi computadora también, pero me dijeron que eso no sería necesario, revisarían la laptop de Brian y me contactarían con sus hallazgos. Reporté en el hospital a Brian, les dije que había sufrido de una alucinación muy severa y que necesitaba ser internado. No me molesté en mencionar nada sobre la mujer. Estaba tan inseguro de lo que había visto, que me sentía un poco loco. Me preguntaron si era un peligro para sí mismo, les dije que así parecía. No quería que se quedara. Quería asegurarlo en el hospital. En retrospectiva, no estoy muy seguro de si quería asegurarlo en el hospital por su bien, o porque no lo quisiera cerca de mí. El hospital me informó que mandarían a alguien. Casi amanecía, de cualquier modo. Podía ver una tira luminosa en el horizonte, la noche estaba por terminar. Colgué, los polis se despidieron, pidiéndome que llamara si ocurría algo más. Volví con Brian.

Se había quedado inmóvil, en su última posición, con la cara llena de lágrimas. Pasaría una hora o más antes de que el personal del hospital llegara y hubiera sido negligente y poco profesional de mi parte dejarlo solo. Además, era mi amigo. No hablamos. Ni siquiera intenté. Nos quedamos ahí, esperando a que se lo llevaran.

el papel a media calle dice

Toda familia, en todo pueblo, en todo país, en cada continente tiene uno, ¿no lo sabías? Es un gabinete que no es particularmente llamativo por nada, no está fuera de lugar, no se ve feo; lo más probable es que sea un mueble en donde no guardan nada, o guardan poco; la pintura se le está descascarando en una de las esquinas y la manija para abrirlo está floja; su interior huele a polvo, el pedazo de pared que puede verse dentro, no coincide con el resto de la pintura de la casa.

Te escondiste ahí, jugando a las escondidas. Cuando volviste a salir, ya no estabas en la misma dimensión. Tranquilo, las diferencias son mínimas.

Pero allá, todos te extrañan.

Mímica

Vivo en un departamento en un edificio habitacional de una ciudad moderadamente grande, en el último piso de un edificio de cinco plantas, como todos los que lo rodean. Mi departamento es de una sola pieza con una sala más o menos grande de ventanas amplias que dan a la calle y a un edificio en la calle de enfrente. Ese edificio tiene un pequeño espacio para estacionar al frente, así que no está directamente delante del mío, que más o menos me gusta, porque la perspectiva sesgada me da algo de privacidad.

Soy un búho y me gusta quedarme despierto hasta tarde con la laptop, en un sillón delante de mi ventana. A veces, doy un vistazo a lo que alcanzo a ver del edificio de enfrente, para ver si encuentro ventanas con la luz encendida, preguntándome si alguien más está despierto, anoche quisiera no haberlo hecho.

Durante las dos últimas noches, he estado viendo una luz muy débil que viene de una de las ventanas; algo de movimiento al que no le presto demasiada atención. Anoche la curiosidad pudo conmigo, hice a un lado la laptop y pegué la cara al cristal para ver mejor. Podía ver a alguien moviéndose. Fui por un par de binoculares y regresé.

Parecía ser una persona iluminada por una vela. No podía ver su rostro, pero estaba haciendo señas. Me estaba haciendo señas, al parecer, porque en cuanto lo vi claro con los binoculares, dejó de hacer señas con los brazos, y me señaló. Sentí un escalofrío.

Me estaba señalando y asintiendo, me estaba señalando y luego, con ese dedo, hizo una seña para indicarme que me diera la vuelta. Siguió haciendo eso, una, otra vez, moviendo el dedo, hasta que entendí que me estaba pidiendo que me diera la vuelta. Lo hice. No encontré nada más que la oscuridad de mi sala. Sonreí, y volví a apuntar a la ventana con mis binoculares. La ventana estaba vacía, excepto por la vela, que se estaba apagando.

La impresión me hizo soltar los binoculares. Regresé a la computadora, puse algo de música, estuve viendo páginas un poco más de lo normal, hasta calmarme; noté que me estaba acabando la batería. Caminé hasta mi cuarto, por el angosto pasillo que conecta con la sala y pasa por el baño. Conforme me acerqué a este último noté una luz debajo de la puerta. Me quedé quieto. Incluso si yo había dejado esa luz encendida, un foco no produciría ese tipo de luz. Abrí despacio la puerta, cerré los ojos, respiré hondo y entré.

La vela en el lavabo iluminaba en el espejo, en el que podía leerse: “NUNCA TE DES LA VUELTA”.

Come perro

¡Bzzz!

Bajé mi taza de café recién hecho sobre la barrita para desayunar. Pensé en los motivos razonables por los que alguien, cualquier persona, viene y toca el timbre de una casa a las dos de la mañana. Quise pensar en niños bromeando. Quise pensar en un accidente cercano. Quise pensar en una emergencia. Encendí las luces del pórtico.

¡Bzzz!

Quienquiera que fuera, se la acababa de ganar. Corrí los pasadores, boté el seguro y abrí de golpe. Siempre olvido que la puerta a la calle, en esta casa, tiene un ojo de buey.
—¿Qué quiere? —Lo más notable era su altura, dos metros fácil. Traje de color negro ajustado, como una segunda piel. Brazos delgados, largos. Manos con guantes blancos sobre los que corría un bordado extraño, de un patrón que no pude decidir si era romboidal o paralelo.
—Señor… ¿Roberts? —el tipo pronunció mi nombre formando una sonrisa. Ugh. Quise pescarlo del cuello y darle de puñetazos. Al menos gritarle. No había notado lo mucho que ahora podía mantener el control, gracias al grupo de autoayuda. Su piel era un poco más pálida que sus guantes. Sus dientes eran parejos y sus ojos tenían un tono sucio que tiraba hacia el azul pálido. Así todo, me daba la impresión de haber sido impreso en el mundo sin suficiente toner.
—¿Qué quiere? —Si el pedazo de cabrón intentaba venderme alguna cosa, ese sí iba a ser todo un reto.
—Siento mucho, uhm… molestarlo, comprendo que esta es una noche muy fría, pero estoy seguro que su café puede esperarnos unos minutos. —¿Pero qué putas?
—Tengo un mensaje qué entregarle, una propuesta. Como estoy seguro que sabe, este es un mundo duro. Allá afuera, el perro come perro, señor Roberts.
Asentí despacio. De pronto me pregunté qué estaba a punto de preguntarle, qué estaba a punto de reclamarle. Había escuchado esa frase antes. No sólo la frase, sino la frase dicha justo así, como él la acababa de decir, ¿en dónde? Sentí temblar mis piernas. La vida, ¿cierto? Trabaja duro y algo logras, hasta que luego, debes defenderte, habrá quien quiera lo tuyo. Perro come perro. Así que hay que morder de regreso, o mejor, primero. ¿Dónde, quién? rostros se sucedieron en mi cabeza, todos aquellos con los que terminé en deuda, todos aquellos que me debieron algo, o me lo debían aún. ¿Quién, quién?
—Señor Roberts, ¿está feliz con su vida?
—S-sí.
—¿De verdad? ¿No le quedan más sueños, no más ambiciones? habría creído que luego de la demanda y el juicio… —el hombre hizo el ademán de dar la media vuelta y prepararse para irse, ya casi hablando solo, como cuando uno titubea antes de entrar a la licorería o no está seguro de a qué venía a la tienda. Sentí una urgencia por detenerlo. Sentí curiosidad.
—No bueno… claro que tengo sueños. Es sólo estoy satisfecho con cómo han terminado las cosas.
—Aaah. Cómo han terminado las cosas, señor Roberts. —El tipo dejó de darme la espalda y me encaró con una sonrisa en la que sentí que algo andaba mal. —Creo que puedo trabajar con, cómo han terminado las cosas, sí, dígame, ¿no le gustaría que las cosas hubieran terminado mejor, más rápido?
Tuve el impulso de cerrar la puerta. Esta no era una conversación para el umbral de la casa, a las dos de la mañana. Quise dejar a este tipo ahí y olvidarme de lo que fuera que estuviera a punto de ofrecerme, de ver cómo terminaba. Quise. Estaba lleno de curiosidad. El tipo estaba loco, ¿pero era un loco peligroso o solamente era un loco que vendía mentitas, seguros a las dos de la mañana? Tragué saliva. Si era un loco peligroso entonces…
—Señor Roberts, tengo un mensaje qué entregarle, una propuesta. —De detrás de la solapa sacó, lento, despacio, muy, muy despacio, una escopeta de caza, de doble cañón. Los movimientos que realizó me recordaron a los de un mago jugando a materializar cosas de detrás de su capa, sacando una tira de pañuelos del sombrero de copa, un acto de magia, pues. Una ilusión. Me sentí mareado, me encontré asintiendo sin razón alguna, cerrando los ojos, como a punto de desmayarme.
—Señor Roberts, ponga mucha atención, ahora. Mañana, a las nueve de la mañana, usted llegará a su trabajo como todas las mañanas, justo como han terminado las cosas. Entonces sacará esta escopeta, señor Roberts, la cargará y le disparará a todos, a cada uno de esos hijos de puta buenos para nada de la cafetería. ¿Quién se creen, que pueden contratarlo y mandarlo como a cualquier otro empleado? Usted es un héroe. Según entiendo, usted aún guarda cartuchos útiles, ¿no?
—Así es.
—Lleve suficiente munición, señor Roberts, asegúrese de cómo van a terminar las cosas. Apuntará bien, apuntará con calma, tendrá más de veinte minutos antes de que nadie más llegue. Nadie debe quedar vivo. Sobre todo, las personas que están anotadas en esta lista. —me extendió una libreta, conocía todos los nombres. Continuaba asintiendo, sentí la boca floja. Me resistí de golpe, me forcé a despertar, me hice para atrás y le pegué un portazo a la puerta.
—Lárguese de aquí, voy a llamar a emergencias.
Mientras corría los pasadores, sentí una sombra pasándome por encima. No sé cómo más explicarlo. La sentí pasar por la puerta y atravesarme con un golpe que se sintió como un cubetazo de agua helada. Me di la vuelta, estaba ahí, delante mío, con la cabeza inclinada contra el techo, sonriendo, mirándome; tuve la impresión de estar delante de una botarga. Caí en cuenta de que tenía la escopeta en las manos.
—Le ofrezco una disculpa, señor Roberts. En verdad esperaba que usted fuera idóneo para este trabajo. De vez en cuando, alguien como usted lo es.
El corazón se me salía por la boca. Doce pasos hasta la mesa de noche, bajo la que había ocultado el revolver que usé durante mis años como policía. El hombre no era un hombre. Estaba mal. Como si estuviera hecho de hebras muy finillas que se movían de aquí para allá. ¿Podía llegar hasta la mesa? Su cara no era una cara, ni tenía boca, ni ojos, ¿una máscara?, un engaño. Una ilusión. No recordaba si había guardado el revólver cargado. Demasiado tiempo.
—O puede tratar con la escopeta, señor Roberts. Está cargada, por supuesto.
Amartillé y levanté el mango hasta mi hombro. Tras la mira, la figura permanecía inmóvil, inmutable. Disparé.
—Oh, hace mucho que no mato a nadie yo mismo, señor Roberts.
—¡No, no, basta! ¡Soy un hombre bueno, seré bueno, por favor! —Sin pensarlo, había soltado la escopeta y me había tirado al suelo cubriéndome con una mano, como nunca jamás en mi vida, nada había provocado que lo hiciera. Escuché los pasos y traté de mirar. Temblaba. La figura se acercó a mí y fue encogiéndose. De pronto sólo era un hombre, ahí, de pie. Levantó la libreta del suelo, anotó algo en ella y luego levantó la escopeta.
—Un placer hacer negocios con usted, señor Roberts. —Me rodeo, corrió los pasadores y salió por la puerta. Me levanté tras él y cerré la puerta de golpe. Miré por el ojo de Buey. Parecía haber estado esperando a que me asomara para ponerse un sombrero sobre la cabeza. Dio la espalda a la puerta y comenzó a caminar. Suspiré con alivio. Un puto loco, nada más, seguramente. Ayudado por mi insomnio. Necesitaba dormir.

¡Bzzz!

Estaba a punto de conseguir recostarme en la cama cuando lo escuché. No era mi timbre. Sonaba algo lejos, pero no demasiado. Anduve hacia la ventana del cuarto y miré.

¡Bzzz!

El vecino de la casa de enfrente había encendido las luces de la calle, el tipo estaba de pie, esperando a que le abrieran en el recibidor, lo que ocurrió enseguida. Comenzó a hablar, haciendo los mismos ademanes que le había visto ejecutar de cerca. Apagué todas las luces de la casa y me senté sobre la orilla de la cama durante unos veinte minutos.

¡Bzzz!

Mi vecino está delante del ojo de buey, no parece preocuparle que pueda verlo sujetando la escopeta contra su hombro.

La puerta de Bernhard

 

191027A

 

La puerta de Bernhard (condición del sueño)

Los investigadores responsables de analizar los datos recolectados creen que todos, en algún momento, han experimentado La puerta de Bernhard.

32% de los sujetos entrevistados [de una batería de 1,300 individuos] reportan haber experimentado [una vez o más] sueños durante los últimos 5 años donde había una puerta. 16% recuerdan la puerta en alguno de sus sueños de la infancia, al menos a diez años de distancia de la entrevista. Un 19% adicional son capaces de recordar el sueño únicamente bajo la inducción de un estado de hipnosis.

67% en la batería de pruebas, han experimentado el fenómeno.

 

Descripción:

En la mayor parte de los casos, el sueño comienza en el hogar o casa que el sujeto habitó durante su niñez. En el sueño, el sujeto se encuentra solo, vagando por la casa [en algunos casos, en busca de alguna cosa]. La puerta es descubierta en un lugar oculto e inaccesible, comúnmente detrás de una pieza grande y pesada de mobiliario [un librero, una estantería]. El sujeto siente una fuerte sensación de Dejà Vu; como si siempre hubieran sabido que esa puerta existía, pero lo hubieran olvidado a través de los años. Adicionalmente, suelen sentir que casi recuerdan lo que hay adentro.

El sujeto es tentado a mover los obstáculos y entrar. La puerta por sí misma es casi siempre pesada y difícil de abrir [en algunos casos requiere de una llave, que ocurre que el sujeto, sin explicaciones, tiene]. Una vez abierta, la puerta da paso a una larga escalera que sube [aunque en un mínimo porcentaje, baja] a un nivel no visible desde el inicio del ascenso; un sentimiento de nerviosismo y miedo irracional comienza a crecer en el sujeto mientras sube los peldaños.

Los datos se vuelven inconsistentes a partir de este punto, las descripciones tienen amplias variaciones. Un escenario en particular cuenta con cierta frecuencia digna de análisis [alrededor del 27% de los casos]: el sujeto llega a un cuarto al final de la escalera. Aquí se encuentran con un juguete viejo, una pintura o una fotografía que parecen recordar vagamente de su niñez. Conforme el sujeto se acerca al objeto, este adquiere vida. El sujeto percibe que el objeto es “malo” y quiere lastimarlo o realizar un acto de hostilidad deliberado contra él. Los reportes varían en los sucesos subsecuentes, con algunos de los sujetos siendo “matados” por el objeto, mientras otros consiguen huir en una persecución angustiante.

§knock… knock… knock…

Princesa

¿Alguna vez te has preguntado si algo puede ser malo de nacimiento? En estos días luminosos nuestros, conceptos como el bien y el mal suelen observarse como caducos, arcaicos incluso. De acuerdo al pensamiento moderno, la gente (y los animales, claro) son producto de sus escenarios y no más responsables de sus actos que una rama suelta en el curso de un rio.

Yo sé de cosas que nacen siendo malas.

Hace unos diez años, adoptamos una perra pastor alemán llamada Duquesa.

Duquesa tuvo una camada de siete cachorritos. Seis de ellos se veían como cualquier otro pastor alemán que hayas visto, el séptimo era blanco como la nieve. No era realmente albina, sino simplemente de cabellos color blanco, nariz negra y ojos azules.

Nunca hubo ninguna duda sobre cuál queríamos conservar. La llamamos Princesa.

Después de los seis meses, cualquier plan que hubiéramos hecho sobre vender al resto de la camada o regalarla dejaron de tener sentido, la camada entera había muerto.

Encontrábamos un nuevo cadáver cada mes, sin lesiones ni nada, como si hubieran muerto mientras dormían. Al principio creímos que tal vez su madre los estaba asfixiando o algo así.

Luego no nos cupo duda de lo que los había matado.

Al acabar el año había dominado a su madre, su padre (siendo el viejo alfa que era) y en cierto sentido, incluso a nosotros. Sus padres huían de ella. Cuando servíamos la comida, comía todo lo que quería, sin que ninguno de los otros dos se entrometieran.

Una vez intenté ahuyentarla e invitar a que los otros dos comieran primero. Me gruñó, sacando esos colmillos blancos y perfectos de sus labios negruzcos y la advertencia adquirió un tono tan profundo que me hizo cosquillas en el estómago.

Después de eso, no volví a meterme con ella.

A menudo me pregunto si los padres de los asesinos seriales sospechan que están observando un monstruo crecer. Es decir, claro, muchos de ellos son responsables directos de cómo es que terminan sus hijos, productos de casas establecidas en un patrón de violencia constante; pero también están los que parecen ser simples y llanas aberraciones. Esas familias, las que saben que no han hecho nada para que a Junior le guste acuchillar perritos, me dan mucha curiosidad, ¿sonreirán y reirán, pretendiendo que todo está bien?

§pretender