MI HERMANO MURIÓ CUANDO YO ERA UN NIÑO. ENTONCES HABLÓ. CREO QUE LA GENTE DEBERÍA DE SABER LO QUE DIJO

Cuando escuchamos al doctor hablando sobre Dennis, estábamos tan listos como pudiera estarse. Lo encajaríamos en nuestro entendimiento de las cosas y asumiríamos que se habría ido a donde la gente se va cuando muere. Habría sido más fácil, mucho menos problemático que lo que pasó. Dennis fue diagnosticado con cáncer un par de días luego de nuestro cumpleaños y de ahí todo rodó colina abajo.

Nunca hubo esperanzas de operar, mirar los scans era mirar la progresión de una telaraña negra abriéndose camino por el interior de mi hermano, conforme pasaban las semanas, los meses. Era mi gemelo y fuimos idénticos hasta su primer quimio, eso sólo volvió las cosas grotescas: yo era para él una imagen perfecta de lo que solía ser antes de que su cabello cayera y sus mejillas se vaciaran de sangre, hundiéndose hasta descubrir el dibujo de su cráneo; éramos ambos, para el otro, extraños fantasmas de lo que pudimos ser y jamás.

El médico cerró el caso, soplando nuestras últimas esperanzas como se soplan las velas de un pastel:

—Dennis no durará mucho más de cuatro días, una semana cuando mucho.

Así que acampamos en el aroma rancio y azucarado en medicamentos de su cuarto de hospital, de muros color olivo y patrón de lunares; con la luz colándose por entre las persianas a medio cerrar, abriéndose en barras luminosas que se extendían por el suelo y terminaban a poco de llegar a su cama. El personal trajo una camilla para que yo durmiera, mis padres se acomodaron en frágiles sillas junto a él.

Para este momento, Dennis se veía de verdad mal. Podías ver con claridad su esqueleto entero. Todos queríamos hablar con él, pero él no despertó durante todo el día y cuando lo hizo, sólo hubo silencio. Nadie sabía qué decir, no había palabras posibles y por debajo del paso de los segundos, corría este miedo secreto de que en el momento de que alguien invocara lo que estaba a punto de ocurrir, se volvería real; a la primer señal caeríamos todos de la cuerda floja, estallaríamos en llanto y no podríamos recomponernos. Así que guardábamos silencio, mis padres intentaban ensayar sonrisas que nunca llegaban hasta sus ojos.

Ocurrió al tercer día, el estable tono del monitor cardiaco se interrumpió y comenzó a emitir una alarma, mientras el cuerpo de Dennis comenzaba a temblar y desde el interior de su boca emanaba el eco de un crujido, como si por dentro se deshiciera.

Mis padres saltaron de sus asientos, mi madre directo a Dennis, para sujetarlo de los hombros y rogarle que se detuviera, mi padre a la puerta, a gritar por ayuda a quien quiera que pasara por el pasillo.

Los doctores y enfermeras a cargo habían ido cambiando su comportamiento poco a poco. Antes, los protocolos de resucitación se veían como actos desesperados, carreras de cien metros planos con un deseo frenético de que cada movimiento ocurriera correctamente. Ahora era más bien como un trote desangelado, estos eran malos actores palomeando las viñetas en un instructivo de lo que se supone que deben tratar.

No creo que hubiera hecho ninguna diferencia. El cáncer se le había desbordado y su sistema ya no contaba con recursos para manejarlo de ningún modo. Declararon la hora de muerte y se fueron, ofreciendo condolencias y diciendo que se llevarían el cuerpo en el momento en que estuviéramos listos. La puerta se cerró a nuestras espaldas: Mamá, Papá, yo y el cuerpo de Dennis.

Nos fuimos acercando, despacio, al lado de su cama, solo para mirarlo. Mi madre se rompió y comenzó a llorar un lamento largo que se convirtió en un aullido. Mi padre la sujetó del hombro, la abrazó intentando mantener la calma, pero perdiéndola, sin llanto; apenas una lágrima ocasional atravesándole la cara, hasta la mueca en la que su boca se congeló.

Yo me quedé mirando el rostro de mi hermano.

No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Me di cuenta de que esto no era una sola cosa, no era un solo suceso. Por primera vez mi mente comenzó a procesar las infinitas implicaciones de esto, a hundirme el estómago con cada hecho ineludible: nunca iba a poder hablar con él de nuevo, nunca íbamos a cenar juntos de nuevo, no se iba burlar de mí otra vez, no íbamos a caminar juntos a la escuela ni a molestarnos al tener que compartir el mismo salón de clase. Esta no era una sola perdida, eran un millón de cosas, algo que se suponía sería una presencia constante desparecía y nada sería tan bueno como iba a ser.

Fui el primero en mirar sus labios.

—Está moviendo la boca.

Mis padres se congelaron, se engancharon el uno al otro, mi madre pareció perder fuerza en las piernas, mi padre la sostuvo. Sus labios temblaban. Mis padres guardaron silencio. Supongo que intentaban racionalizar, pensar en un estremecimiento nervioso, nada más. Pero su boca se abrió y de su interior, una voz ronca, hundida y leve como el paso del viento que pasa muy lejos de donde estás, pronunció mi nombre.

»Dennis…

otrto

Estás despierto, ¿ves?, estás despierto ahora y puedes mirar el techo y las sabanas y una de tus manos. Pones los pies en el suelo y cuando andas hacia el baño e intentas detenerte en el espejo antes de orinar, te das cuenta: no eres tú quien está moviendo tu cuerpo. El horror de descubrir algo así te invade de golpe y quieres gritar, pero tus labios no se mueven ¿ves?, no hay nada malo con ellos, están bien, sólo que no puedes controlarlos. Es una parte de ti ¿ves? Esto es una parte de ti que está controlando las cosas por ti y que piensa aparte de ti, una parte de tu mente. Otro. Y de pronto sospechas, cuando por fin te detienes delante del baño y tu rostro sonríe mientras miras directo a tus ojos, que de hecho, está contento con esto. No puedes hacer nada. No puedes decir nada. Estás atrapado ¿ves? El otro besa a tu esposa y puedes sentir sus labios presionando contra los tuyos y una de tus manos bajando lentamente por debajo de la cintura. Ardes de rabia. El otro asume el control de tu vida, sabe manejar, sabe asistir a las juntas, sabe servir café y sabe coquetear con tu compañera del trabajo. El día pasa y el otro se acuesta en tu cama y tu imploras que esto sea sólo un sueño y puedas despertar mañana moviendo tu propio cuerpo y esto solamente sea una pesadilla, pero al día siguiente las cosas continúan igual ¿ves? y tú no puedes hacer nada al respecto ¿ves? Ahora sólo puedes observar tu día a día y a veces, a veces cuando el otro decide darte un vistazo, sólo para asegurarse de que sigues ahí, las cenizas de la impotencia y el odio que sentiste por él aparecen ahí de nuevo apenas para recordarte que tú sigues siendo tú y él es otro ¿ves? Cuando los días se vuelven semanas comienzas a entender el plan del otro. DIce cosas delante del espejo. Te dice cosas delante del espejo que tú tienes que escuchar. Cosas como: yo soy tú, tranquilo, tranquilo; te está intentando convencer de que él es en realidad tú y tú eres un pensamiento pasajero ¿ves?, una duda tonta, absurda, una cosa que debería evaporarse luego de que pasa el sueño ¿ves? pero tú sabes la verdad: quién es el intruso, el invasor, el otro, ¿ves? esto no puede tratarse sino nada más de una ansiedad absurda e ilógica, nadie puede perder el control de su cuerpo, no existe otro aquí adentro, este soy yo, dice el otro y tú te das cuenta de que comienzas a desear que sea así, que sería mejor, que así todo esto tan horrible no estaría pasando, que tal vez tenga razón, ¿ves? una sensación vaga de ansiedad que va y viene: que este no eres tú y que tú en realidad eres otro, pero por favor, eso es ilógico ¿ves? meses después, sientes un pequeño temblor en la mano de vez en cuando y piensas, irracionalmente, antes de sonreír, que eso es todo lo que queda de él, del otro, del intruso ¿ves?

Metempsicosis

Fragmentos seleccionados de un diario encontrado entre los objetos del número nueve de la calle Nowhill, actualmente deshabitada:

2 de Junio

¡Maravilloso, el descanso, la paz! Por fin terminé con los asuntos del colegio, las interminables montañas de exámenes para calificar, los poco interesantes reportes, de los pocos interesantes alumnos, poco interesados, con copia para el director. No más trabajo, la piel de maestra se me ha escurrido de los hombros como una gabardina vieja y apestosa; siento como si estuviera a punto de elevarme al cielo, cual fénix. El descanso es como un vino suave, me reanima y electriza todo mi cuerpo. Una verdadera pena que George no pueda disfrutar de estas vacaciones conmigo. Era imposible, me dijo. Ha tenido que viajar a Francia, por un artículo especial o alguna cosa del periódico. Calcula que estará por allá durante tres semanas, tal vez un poco más. Bueno, me las puedo arreglar sola, supongo.

 

3 de Junio

Mi pobre diario, lo siento tanto, pero estoy demasiado feliz para pasar demasiado tiempo escribiendo hoy. Pasan de las once, George acaba de irse. He estado soñando en mi sofá, disfrutando de dejar pasar el tiempo sin hacer nada en realidad; sería injusto abandonarte ahora y no registrar esta tarde para el futuro. George acaba de pedirme matrimonio. Oh, la forma en que lo hizo, tan simple, tan directa, como todo lo que hace, no fue muy romántica. Simplemente me rodeó con uno de sus brazos y me preguntó cuándo quería casarme. Sé que suena desangelado y simple, que se lee así; que al menos debería haberme besado, o traído flores (sabe que amo las rosas, como todas), pero esa no es su manera de hacer las cosas. Me tomó por completo desprevenida, no supe qué decir; sólo asentí. Me comprará un anillo de compromiso mañana, será la primera cosa que haga, antes de ir a la oficina. Uno muy bonito, en oro platinado, con un pequeño diamante en su corazón. Uno chiquitito, dijo, un diamante chiquitito, montado en un enorme corazón. George puede decir cosas así de románticas cuando así lo quiere. Tan pronto como regrese de sus misiones parisinas, anunciaremos nuestro compromiso oficialmente. La boda será en Octubre, no puede ser antes; George tiene muchas cosas qué hacer, y no podrá pedir vacaciones hasta ese mes; pero no importa, estoy feliz, ¡FELIIIIZ!

8 de Junio

Acabo de dejar a George en el tren. Me besó y me dijo: volveré pronto, mi cielo, no te vayas lejos. Lloré un poco después de que el tren se fue, pero aún estoy tan feliz que podría cantar todo el día. Estaré casada para Octubre. Por supuesto que sabía que me lo pediría un día, sólo se había tomado su tiempo.

10 de Junio

Encontré una casita maravillosa con un jardín muy descuidado, es justo lo que he querido toda mi vida. Una cosa llevó a la otra, no era que estuviera buscando algo así. Me sentía sola y tomé un camión fuera del centro, fui a caminar… y bueno, simplemente di con ella. Es pequeña y rústica, un poco vieja y muy aislada; pero estoy seguro de que se verá preciosa cuando termine de arreglarla. Es la única casa en pie sobre esa calle, las demás han sido demolidas. Fue amor a primera vista —qué cliché, ya lo sé.  Me acerqué a mirarla bien y encontré un letrero de que la rentaban. Inmediatamente me dirigí al domicilio que tenía el letrero (sabes lo impulsiva que soy) y, ¿qué crees?, ya traigo las llaves y el contrato en mi bolsa.

Tal vez lo hice con demasiada urgencia, pero después de todo, el contrato es por un año, nada más. Debo llamar a la mudanza para que se lleven los muebles de mi departamento. Ya he avisado a mi casera, la señorita Esphalton; le alegró deshacerse de mí. Nunca me cayó bien, tampoco. Seguro ella ya tiene a varios clientes en espera. Debo avisar a George y darle nuestro nuevo domicilio.

§ avisar a George

Túnel

No asesiné a Paul Ledderman. No estoy muy seguro de lo que hice, pero estoy seguro de que no fue un homicidio. Puede que defensa propia, pero no homicidio.

Si debiera probarlo, me remitiría a un guante de piel; al recorte amarillento de un diario de lectura incomprensible, a un caracol marino de nombre científico Turitella communis (no que pudiera distinguir una concha de otra por mí mismo, pero se la he mostrado a Peterson, el biólogo, y a él le pagan por saber estas cosas). No deberé probarlo, para fortuna de los pobres forenses de turno, que intentasen certificar una causa de defunción, el cuerpo del delito no fue y no será encontrado.

El otoño pasado Ledderman me pidió que lo visitara. Viniendo de él no era solo inusual, sino sorprendente. No lo había visto en casi cinco años; nadie lo había visto, a no ser por el cartero y el repartidor ocasional que le llevaba materiales de la tienda del pueblo en el valle, a veinte millas de su residencia. Vivía en una casa automatizada y diseñada por él mismo en un terrenito en la cima de la montaña y a la mitad de la nada, eso sí, con una vista panorámica de ensueño.

§…odneyel eugiS

diosa de la sangre I

El número de manifestaciones públicas, las víctimas reportadas, el franco amarillismo histérico de los medios y la postura que el gobierno reveló en su último comunicado sobre el asunto, finalmente lograron opacar la que aún es la pregunta más elemental al respecto de la idea, la tendencia, o como se le ha llamado desde el comienzo, en honor a toda practicidad de registros finalmente brutales: el síndrome wonderwall. Por supuesto, la ignorancia, como las sombras que restan en los rincones de un cuarto iluminado, es engañosa: nadie ignora la existencia del video, aunque pocos pueden comprobar haberlo visto.

Tras lo que algunos especialistas han quedado de acuerdo en llamar la primer fase de exposición, hace apenas unos seis meses, los principales sitios de distribución de video en línea optaron por implementar un algoritmo único para vetar el video; a poco, servicios de hosting y la mayor parte de las empresas de telecomunicación se encontraba emulando la decisión que youtube, dailymotion, vimeo, google y msn tomaran con la finalidad de deslindarse de las responsabilidades a terceros; “se deja de hablar de libertad de expresión en el momento en que esa libertad provoca un daño irreparable en la sociedad civil”, terminó declarando, escuetamente, Gates a principios de este año.

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wonderwall

El número de manifestaciones públicas, las víctimas reportadas, el franco amarillismo histérico de los medios y la postura que el gobierno reveló en su último comunicado sobre el asunto, finalmente lograron opacar la que aún es la pregunta más elemental al respecto de la idea, la tendencia, o como se le ha llamado desde el comienzo, en honor a toda practicidad de registros finalmente brutales: el síndrome wonderwall. Por supuesto, la ignorancia, como las sombras que restan en los rincones de un cuarto iluminado, es engañosa: nadie ignora la existencia del video, aunque pocos pueden comprobar haberlo visto.

   Tras lo que algunos especialistas han quedado de acuerdo en llamar la primer fase de exposición, hace apenas unos seis meses, los principales sitios de distribución de video en línea optaron por implementar un algoritmo único para vetar el video; a poco, servicios de hosting y la mayor parte de las empresas de telecomunicación se encontraba emulando la decisión que youtube, dailymotion, vimeo, google y msn tomaran con la finalidad de deslindarse de las responsabilidades a terceros; “se deja de hablar de libertad de expresión en el momento en que esa libertad provoca un daño irreparable en la sociedad civil”, terminó declarando, escuetamente, Gates a principios de este año.

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Más Grande que Panamá

1.

Los números rojos marcaban las doce con cuarto, la mujer permanecía dormida mientras la televisión daba el milagro del milenio a través de un informercial, esta vez se trataba de un aparato que por medio de vibraciones metasónicas destruía las malignas células de cebo, presentes por lo general en los vientres de los fanáticos del rayo catódico. La cama contra la pared y una almohada apoyada sobre la esquina. Las piernas extendidas y un poco entre abiertas en V. Sostenía el control remoto en una mano y una almohada a manera de mesilla sobre su vientre. Sus ojos cerrados. Su cabello le cubría la cara como las piezas deshilachadas de una colcha de lana. Sus sueños largos y extensos sobre las cornisas del palacio de Morfeo.

Soñaba con aquella casa, objeto de su deseo desde que era pequeña. Una más grande que Panamá, con largos salones para fiestas y bailes, balcones y terrazas, pasillos y cristal cortado sobre las innumerables repisas de fina madera. Soñaba con su hermana, casada tres años antes que ella y mayor, aunque jamás lo pareció, si no fuese por la prominente barriga llena de vida anunciada por debajo del vestido de bodas. El matrimonio se realizó en una finca lejana, propiedad del tío Jerónimo. El tío Jerónimo se mostró taciturno, tal era su carácter, en la fiesta de recepción, pero su tranquilidad terminó por quitarle de encima las inquietas miradas de su sobrina recién casada. La fiesta anduvo sin contratiempos, a tientas primero, para evitar caer en trampas, confiada después, del amor familiar que pareció envolverla hasta las once de la noche.

La carretera de regreso era larga y el acuerdo fue avanzar en caravana a través de la ausencia de luz y las largas vueltas que se asomaban a despeñaderos infernales, inundados de silencio. El novio manejó el carro nuevo, regalo de bodas de la tía Melina, con su mujer a un lado y una tonelada de orgullo y control sobre sus manos. Noche fatídica; la casa del tío Jerónimo era más grande que Panamá, era la casa de sus sueños, ahí siempre albergaría la boda ensangrentada de su hermana muerta.

Una falla en los frenos. La caravana miró el carro que, sin esperanzas, se desbarrancaba con precisa velocidad en la curva con forma de M. El carro se estrelló de narices en el fondo del acantilado. Karina, que soñaba esto todas las noches, corrió a auxiliar a su hermana, pero la altura de aquel vacío era imposible. Con lágrimas en los ojos, la niña se desbarató de aliento y sintiendo la rocosa tesitura del borde, gritó ahogada el impronunciable nombre de su hermana. Era tarde siempre. Pero al abrir sus ojos y mirar de nuevo al carro en llamas, éstas iluminaban una silueta deforme, vestida de velo y encajes blancos, abierta la panza por la mitad, que escalaba en silencio y con el rostro desplazado por un frío fragmento de carburador.

Abría así los ojos en la habitación de su casa rentada. Y recordaba de inmediato las palabras que su hermana le dijera en la fiesta de recepción, cuando Karina confesara que aquella casa, más grande que Panamá, era la casa de sus sueños, la casa con la que siempre soñaría sin importar qué. Su hermana respondió con paciencia, acariciándole los gruesos cabellos de lana y mirándola con infinita ternura: Hermana, decía, no sueñes con espacios ilimitados, que no puedas mantener en orden y vigilar con serena calma, quién sabe qué pueda esconderse en los rescoldos que nunca visites de Panamá.

El llanto cotidiano del bebé de Karina interrumpió los sueños de su madre, anunciando su vigilia. Karina, a medio dormir, hizo a un lado la cobija y la almohada y cruzó su pequeña casa para recoger de la cuna al aterrado infante y llevarlo a la cama materna, donde se tranquilizaría y volvería a sus sueños sabor vainilla. Cuándo lo posaba en su lecho, cuidó de envolverlo en la cobija con la que ella había estado cubierta. Le acomodó entre dos cojines y se hundió en la cama a la busca de la postura mágica con la que todos abandonamos nuestro mundo cada noche.

Se acomodó de lado y sus ojos quedaron de frente ante la encortinada ventana que daba hacia el pequeño patio de lavado. No gozaba de gran paisaje y por ello la cortina permanecía cerrada. Karina percibió algo leve; apenas unos pequeños rechinidos que traía el exterior de la puerta del patio. Rasguños.

 

2.

Si bien el sueño la vencía, la inquietud por el ruido mezclada con el laxo sopor de su cansancio entrometían ya irracionales imágenes en su cabeza. Era de pronto gatuno compañero confundido de puerta. Era de pronto travieso duende hereje con pequeño sombrerete y obsidianales garrillas. Era rojo diablo, verdugo implacable susurrando nombres. Era de pronto su esposo, soltado de las garras impías de las gigantes aves nocturnas que pueblan el crepúsculo, arañando por su último respiro la puerta de su propio hogar. Eran mujeres desnudas y menstruales, siseando a Satán, flotando sobre el suelo, atraídas por la sangre del bebé no bautizado.

Los rasguños, que primero se anunciaran con timidez avergonzada, encarnizaron su carácter, inconfundibles al canto de los árboles ¿Quién será, Karina, el que viene a arrebatarte la tranquilidad de tu noche estival? ¿Quién se atreve a poner en duda tu imperio sobre Panamá? ¿Quién sino tu hermana? ¡Ah!, hay recuerdos que no merecen serlo, que se destierran al océano del éter y se quedan afuera vagando; de ellos sólo pueden declarar las estrellas y sus azules halos helados.

El bebé gimoteó y Karina temió que los rasguños subieran hasta el cristal de la cocina. Si llegasen ahí, las garras afiladas seccionarían despacio la piel transparente. Y la ventana chillaría. Digamos la verdad, Karina. A tu hermana le debes más que la tristeza que te causó verla muerta y con la panza desparramada en el fondo del barranco. Digamos la verdad Karina, confesemos la envidia que siempre sentiste por tu hermana. Con su flamante esposo y las entrañas llenas de vida y sueños. Sí, nunca soportaste la facilidad con la que su vida se solventó. Pero lo que te inmolara por dentro, fue aquella conversación absurda, aquella advertencia de los peligros de Panamá. Si alguien merecía aquella casa en vida era ella. ¡Cómo se atrevía a rechazarla! Tú Karina, que siempre diste cuenta de tu destino funesto, sabías que Panamá no estaría en tus manos nunca. La sencillez con la que tu hermana rechazara el lujo por el que lloras; fue eso, deseaste verla muerta.

A ti, que siempre se te negó hasta el más mísero capricho por pequeño que fuese, se te permitió un único deseo en toda tu vida, un solo momento en el que todas las fuerzas del universo escucharían atentas ¿Y qué deseaste? ¿Qué deseaste en aquel momento? Tu petición se cumplió.

Resuelta a enfrentar tu castigo, hirviendo todavía, porque el tiempo no calma nada, te pusiste en pie. Si tu hermana quería ajustar cuentas, las ajustarías. No le bastó opacarte por tanto tiempo, también venía a robarte la tranquilidad del sueño mientras ella descansaba en su cama de húmedo satín. Le ajustarías las cuentas y si existía un gramo de justicia en las manos de tu señor, por fin tu barbitúrico odio tendría escape.

Llegaste a la cocina y tomaste con tus manos delgadas el cuchillo más afilado de tu arsenal. Descalza, en camisón y con tu melena quebradiza, avanzaste a los rasguños del otro lado de la puerta, preguntándote de qué servía un cuchillo de hoja brillante contra el tacto de un espectro. En la ventana miraste una silueta, cuyo cabello ensortijado bailaba, bailaba. Tocaba el cristal con su mano de telaraña.

Karina apretó el mango del arma entre el sudor helado que le nacía de las palmas. Abrió la puerta al patio y lanzó una sola tajada hacia el cuello de su hermana.

 

3.

Abrió sus ojos y descubrió un escenario vacío bañado de luz macilenta. En el umbral de su propia casa, advirtió al cachorro que le lamía los pies, titiritando de frío y llorando inconsolable. Su esposo trajo a la mascota tres días atrás. No había podido recordarlo hasta ahora; le pasaba de pronto que medio dormida era incapaz de decidir qué cosas pertenecían a sus sueños y cuáles a la realidad. Se acuclilló frente al animal y dejando el cuchillo en el suelo envolvió el pelaje tembleque entre sus amorosas manos. Los muertos, muertos estaban y Panamá seguía cantando la gloria que a ella le fascinaba.

Buscó un rincón tibio para el animal en uno de los sillones de la sala, lo cubrió con un viejo tapete mugroso y lo acompañó pasándole la mano por el hocico mojado. Recuperaba la calma y el mundo volvía a ser normal, sin huéspedes, ni cantos, sin sueños ni cuchillos.

Saltó de nuevo, pero el raciocinio lo poblaba todo, era el teléfono que sonaba. Su esposo llamaba desde el trabajo, como todas las noches, a la hora acordada. Suspiró aliviada y abandonó a la bestiecilla dormitante. Se recostó junto al bebé. Levantó la bocina y dijo hola.

En la casa todo iba bien. El niño dormía a su lado y ella había tenido que levantarse a acurrucar en un sillón al cachorro, la noche fría lo ameritaba. Del otro lado de la línea su esposo calló por un momento, ella preguntó qué pasaba. ¿Estás un poco dormida, verdad? Inquirió en divertido tono. No, dijo Karina, desperté hace un rato, ¿por qué preguntas? Karina, respondió el esposo en medio de una risa afable, nosotros no tenemos hijos.

Y Karina miró el bultito que se le acercaba en busca de calor. Envuelto en tela blanca de nupciales encajes.

§