Epílogo

Mi pintoresco pueblo, visión universal de la calma, cuenta también con una imponente tasa de suicidio. Solíamos culpar al Reagan por la estadística y repetirnos a nosotros mismos: otro sociópata violento que decide terminar con todo antes que adaptarse a la vida dentro del Hexágono. Luego, cuando lo clausuraron, nos quedamos sin excusas.

En su mayoría y como comunidad, aquellos que admiten el hecho, no suelen hablar sobre él  y justo le damos el tratamiento que también se le da a los secretos de familia que tus padres nunca te contarán; pero a principios de los ochenta, ocurrió algo que casi lleva el tópico a circulación nacional.

En 1983 fuimos visitados por un joven que pretendía venir por parte del departamento de Psicología de una prestigiosa Universidad. El caballero, un tal Daniel Willis, dijo saber de la cantidad de suicidios, declaró su intención de examinar el fenómeno, estudiar el problema, e implementar una solución, en cuanto esta misma se presentara claramente.

El psiquiatra amateur pasó más de un mes en el pueblo, entrevistando a tantas personas como pudo, particularmente, a todos aquellos pertenecientes a familias que hubieran experimentado una pérdida; y si bien, la naturaleza precisa de las preguntas depende mucho de la persona a quien le pidas testimonio, existe una constante: Willis siempre se mostró interesado en la nota póstuma y solicitó permiso para fotocopiarla.

»escribirla

Punto de fuga

La clásica escena del artista torturado, que colapsa bajo el peso de su propio genio, es un resistente estereotipo que parece aparecer en todo momento y lugar de nuestra sociedad; todo el mundo sabe de la oreja de Van Gogh, de los agujeros extras de Hemingway y de la dieta poco convencional de la señorita Joplin. Ciertamente, el destino de uno de nuestros artistas locales, el paciente 249126-E, es mucho menos popular.

En su vida pasada, fue conocido como Lucian Van Der Geiste y, como muchos otros que terminaron su vida en El Hexágono, era ya originalmente un hombre profundamente aborrecible; aunque a diferencia de muchos de los casos, la naturaleza de Lucian no nacía de su excentricidad, sino de la detestable aura de autosuficiencia que permeaba cada una de sus acciones.

Lucian estaban tan convencido de su talento, que no tardaba mucho para corregir a cualquiera que intentara sugerir lo contrario; “cualquier bufón puede derramar pintura sobre un óleo”, solía decir, “pero se requiere de un genio como moi para volverlo arte”.  Y tal vez supongas que la arrogancia de Lucian, como en general lo es en su estereotipo, no era nada más que un medio de distracción sobre la mediocridad de su trabajo; pero estarías en un error: Lucian en verdad era bueno, y vivía de vender sus trabajos a los turistas que  disfrutaban del encanto rústico y ligero del pequeño artista de un pueblito como el nuestro.

Ahora bien, mientras que el talento de Lucian era poco cuestionado, el alcance de sus obras eran una cuestión distinta. De hecho, cada una de las ciento veinticinco pinturas que produjo, eran meras variaciones de una sola cosa: la vista desde alguna de las muchas ventanas de la casa Van Der Geisite, apuntalada por un gato sentado en el alfeizar, que de espaldas, contempla el paisaje.

»pintar

Coro

Querido lector, tengo una confesión pendiente: no he sido del todo honesto contigo. No me mal entiendas, no te he mentido. No he inventado estas historias, ni enrarecido algún detalle; he recontado cada cosa tal y como ocurrió, o como se supone que ocurrió. Aún así, he retenido ciertos hechos de tu consideración. Uno de ellos, uno que mi familia negará aparatosamente, es el hecho de que tengo una hermana. Intento imaginar que quizás harías lo mismo si ella fuera parte de tu familia, ella no es la clase de persona que admitirías conocer de nombre a media calle. La he visto exactamente tres veces. Cada entrevista ha durado apenas unos pocos minutos, así que no podría afirmar que lo sé todo acerca de ella; apenas su color de ojos y de cabello,  su estatura y su complexión. La única cosa importante, lo único relevante que sí sé sobre ella, es su nombre: paciente 252216-E.

Para internarnos en los pasos que finalmente la llevaron hasta el hexágono, primero tenemos que hablar de otro miembro de mi familia: mi abuelo Walter. Era un hombre calvo de rostro enjuto, de manos hábiles en el que la amabilidad siempre parecía ser una sorpresa; era la clase de persona que te tomaba de la mano y te arrastraba hasta la orilla de ese vacío que te asusta tanto, sólo para asegurarse de que sabrías franquearlo. Su salud era delicada, su cuerpo estaba lleno con los achaques acumulados por el amor al tabaco al que se había aferrado durante toda su vida y que acabaron por cristalizar algunos días tras el doceavo cumpleaños de mi hermana, en un conato de ataque al corazón. El doctor no fue muy optimista sobre su recuperación. A las claras, nos sugirió que lo mejor era que el hombre arreglara sus deudas sobre la tierra, hiciera las paces y revisara su testamento.

Tan pronto como la palabra testamento arribara a oídos de mi hermana, los engranes en su cabeza comenzaron a girar, dibujando las líneas de una estratagema que lo mismo tenía de inocente que de compleja; de burda, de diabólica. Ésa era mi hermana. Walter revisaría su testamento y, perdida la memoria y el sentido en los años y los malestares, redistribuiría los bienes de su fortuna basado en el aquí y el ahora, más que en el pasado; así pues, sólo era necesario pasar algo de tiempo con Walter, el suficiente para que el viejo la recompensara  antes de morir. Comenzó yendo a visitar a Walter después del colegio para “ver cómo le iba, como estaba”; después, comenzó a pasar días enteros con él;  esos días se volvieron semanas y, una vez que sus faltas habían hecho que reprobara todos sus cursos, su tiempo entero, apenas regresando a casa para cambiarse de ropa.

»cantar

Paciencia

Nietszche escribió por ahí que, basta caminar por los pasillos de un hospital psiquiátrico, para demostrar que la fe no prueba nada. Claramente, el personal a cargo del Hexágono no fue su lector; o así parece sugerirlo aquella enorme porción del ala noreste que fue utilizada como capilla.

El padre Jeremy fue el encargado de cuidar ese recinto durante muchos años. De haber tratado, no habría logrado verse más religioso; un sombrero de ala ancha y una larga corbata clerical, ojos escondidos detrás de dos gruesos fondos de botella, un rostro pálido y chupado en el que parecía que el ceño fruncido había sido esculpido a marrazos.

Y por supuesto, su actitud honraba sus hábitos; aquí estaba delante de ti, el clásico predicador enojado que de vez en cuando grita desde algunos programas y canales de televisión y cuyos sermones están llenos con el fuego y el azufre del infierno; aquí la voz que se asegurará de hacerte saber qué tan mal están absolutamente todas las cosas que disfrutas.

Tal vez el aspecto más exasperante de su personalidad era la ausencia de los retenes necesarios para mantener su piadosa demencia confinada a los muros del Hexágono. Se convenció a sí mismo del bien que podría hacer difundiendo la palabra del señor directo y hasta la parroquia del pueblo, sus calles y mi sala de estar.

Nunca le presté mucho fuero a los desvaríos del viejo. Es probable que eso haya tenido mucho qué ver con lo relativamente cuerdo que sigo, por supuesto, en el país de los ciegos. Mamá, por otro lado, se enganchó en las enseñanzas del padre hasta el punto en que me acostumbré a encontrarlo en mi casa, guiándola espiritualmente.

»Predicar

Seis

El epitafio en la tumba de mi padre dice: “viví una buena vida, y te amo”.  Si preguntas, mi familia te explicará que esas fueron sus últimas palabras; te contará que las exhaló con su último aliento y luego se elevó, incorpóreo, ya vuelto apenas un retrato de nuestra memoria; en una muerte digna del más noble rey, del más valiente general. Claro que miente.

Papá sirvió como oficial en el ejército y después, fue maestro, uno de los más recordados por aquí. Fue admirado, respetado e incluso amado por muchas de las personas que lo conocieron. La razón de la mentira estriba en el hecho, mucho más mundano, de que nadie escuchó sus últimas palabras. Lo encontraron muerto, en su estudio, con un agujero de bala en la sien izquierda.

También ignoro cuales fueron sus últimas palabras, pero me parece tener una idea mucho más cercana a la de los demás. Yo pienso que dijo: Todo por ti.

»probar tu suerte

Levi

Ah sí, mi pueblo es un lugarcito aburrido y callado; un lunar en la costa, exótico y cursi, que los turistas relacionan con quién sabe qué idea bucólica de paz y melancolía. Yo creo que es por eso que aquí todos nos volvemos locos, pero además, es por eso que  muchas familias son propietarias de pequeños negocios y cafés, enfocados en aprovechar el flujo de turistas. Por mucho tiempo, el café más popular, localizado cerca del puerto, fue un lugar llamado “El rosedal”.

Como muchos otros lugares, actualmente el local está desocupado y su estado se aleja lentamente de un precio de reparación razonable. Toda mesa, silla o mueble ha desaparecido y probablemente usado para darse calor en algún lote valdío y ahora el lugar no es sede de nada más que, un gato y sesenta y nueve mil ciento cinco piezas óseas.

¿Y cómo es que un café tan popular como El Rosedal termina convirtiéndose en un lindo, bucólico e inocente osario digno de nuestro pueblo devora turistas? Para comenzar a responder esa pregunta, acerquémonos a su expropietaria: una jovencita de ascendencia nipona e inglesa, llamada (aliste su habilidad deductiva, oh, lector): Rose Jayne Elizabeth Gainsborough.

Durante mucho tiempo, Rose quiso abrir un café; pero no sólo quería abrirlo para, digamos, explotar a los turistas; Rose se trataba de uno de esos pintorescos ejemplos en donde la consciencia local termina cristalizada en una convicción plena, en una creencia inamovible de que, tal vez no como el policía o el cirujano lo hacen, pero estaría ofreciendo a su comunidad, el servicio de un espacio de descanso y relajación por medio de su negocio. Su deseo fue concedido en su cumpleaños vigésimo quinto, cuando sus padres tuvieron el capital suficiente para comprar el espacio en donde sus sueños nacerían.

»Servir

Charlotte

Como ya lo habrán notado, mi pueblo exporta dos cosas principalmente: souvennirs corrientitos de plástico para los turistas incautos y lunáticos certificados. Como con muchas otras cosas, no siempre fue así. Durante los cincuenta, una compañía local llamada Tooth&Nail Productions, filmó y distribuyó noventa y ocho películas. Eran la clase de películas que luego serían fetiches coleccionables para directores como Tarantino: guiones pésimos, ejecutados por actores mediocres, capturados en cámaras corrientes, sobre los recortes del film tirados en el cuarto de edición; nada más que una excusa de hora y media llena de desnudos, palabrotas y violencia simulada, filmados siempre, exactamente en la misma locación.

Ya que nuestro pueblo es bastante pequeño y está lo suficiente aislado de las comunidades vecinas, cada film hecho por Tooth&Nail usó a la misma compañía de seis, y a veces siete actores locales. Cada uno de estos actores estaba convencido de tener el talento suficiente para abrirse paso en Hollywood y que, protagonizar clásicos de la talla de LA VIOLENCIA… es oro y Oro, Frankencienso… y ASESINATO, eran solamente un purgatorio del histrionismo que debía cruzarse antes de llegar a los campos elíseos.

Por supuesto, ninguno de ellos lograría llegar a algún estudio y cuando Tooth&Nail dejó de filmar sus películas, el pueblo recuperó un paletero, varios cajeros de supermercado y otras plazas afines igual de indispensables.  La gerencia declaró banca rota y una baja en el interés de su público, pero esto no es del todo cierto. La verdadera razón de la deriva de la compañía tuvo su origen en el asesinato de su principal femenino más popular: una jovencita llamada Charlotte Hughes.

»proyectar