La Historia de Fantasmas de Humper-Monkey

Capítulo 11

Detrás de mí, en la oscuridad, los teléfonos siguieron sonando. Detrás de mí, cuatro hombres y una mujer inmóviles. Arriba, las botas chocaban contra el suelo y un grito iniciaba su recorrido hasta donde nos encontrábamos.

—a la mierda —gruñí, dándome la vuelta. Comencé a desconectar teléfonos de los conectores del muro. A la mierda con quien llamara. No tenía ganas de contestar.

Las luces comenzaron a encenderse, los ruidos a disminuir, conforme jodía teléfonos. Continué. Quería que esto terminara. La nariz de Cobb seguía sangrando y si esos nazis muertos lo olían, estarían encima de nosotros como una puta sobre un miembro envuelto en billetes de cincuenta.

—Todo el mundo, a la sala de estar, Monkey, asegure todas las puertas. —ordenó Bishop. Todo el mundo comenzó a correr mientras yo tomaba un aro de llaves. Recogí un cigarrillo del suelo. No fumo, pero me calmaba llevarlo conmigo.

Para el momento en el que terminé de cerrar las puertas, éramos el capitán Bishop y yo en el cuarto. Cuando pasé por su lado me extendió la .45

—por si acaso. —asentí y anduve hacia afuera. Afuera, podía ver los caminillos desnudos, con la nieve arrastrada desde los cúmulos por el viento, haciendo parpadear las luces al final del corto camino de ladrillos que venía del camino de la colina al ingreso del edificio. Cerré las puertas. Miré por un momento al pedazo de colina que se extendía más allá de nuestro pequeño mundo. El carro del Teniente todavía estaba estacionado ahí afuera, me pregunté si estaría adentro de él, petrificado, tal vez compartiendo un cigarrillo con Tandy. Más arriba, había un muro alambrado. No alcanzaba a ver las torres de seguridad, pero sabía que estaban por ahí.

Me retiré sin dejar de ver el carro del Teniente Paleta. Estaba ahí dentro, escuchando Duran Duran, fumando, planeando como entrar y arrancarnos la tráquea a todos.

[luego comenzaría a quitarnos la piel, uno por uno]

Sacudí la cabeza. A la mierda con él. Apuesto a que podía ponerle las manos encima. Yo era el raso Monkey, maldito hijo de puta con título. Máquina de matar. Metal torcido y sex appeal. Todas las mujeres aman al matón.

—¿Todo bien, Raso? —Bishop. Sonaba preocupado, así que le respondí mientras cerraba la puerta a las escaleras.

—pensamientos oscuros de Monkey.

—¿Monkey?

—Señor. Mi papá nos llamaba, a mí y a nuestros hermanos “sus pequeños simios” y yo era un gran escalador.

—Oh, pensé que estaba diciendo otra cosa.

—Todos sangramos y morimos igual, señor.

La puerta al pasillo cerró firme. Las dos puertas a los baños no, tampoco el cuarto vacío que decía “REC”. Las botas habían dejado de sonar, pero aún nos movíamos con linternas. Sabía que era un problema con los fusibles, y que eso estaba provocado por un cableado jodido. El viento estaba entrando hasta ahí, torciéndolos, falseándolos.

—Raso. Tiene una daga de la SS saliéndole de la bota.

—Encontramos varias en cajas y el sargento Vickers me dejó solo en el subsótano. Soy un soldado, estoy más cómodo con un arma en la mano. —levanté los hombros —puede quedársela.

—Son ilegales en Alemania. Debemos entregar toda la parafernalia Nazi a nuestros camaradas alemanes para que puedan destruirla. ¿Cuántas de estas cree que haya?

—Bueno señor, el subsótano se extiende lo que el edificio así que…

CRASH CRASH CRASH

—¡CALLADITOS CABRONES! —el capi me miró chistoso, por el grito —estimo que al menos un cuarto está lleno de cajas. Algunas son de tamaños distintos, así que dudo que todas contengan cuchillos. También hay una bandera hecha pedazos allá abajo.

—hay que dormir. —no me pidió ni el arma escolta ni la daga, me pareció bien.

Fui a la sala comunitaria, anidé y cerré los ojos. Escuché al cap cerrando la sala antes de quedarme dormido, no mucho más.

Desayunamos huevos tibios y carne de canguro. Me sorprendí varias veces contando cabezas y Cobb se tensaba visiblemente cada vez que un nuevo grito llegaba hasta nosotros.

—Atención todos. —ordenó Bishop. Todos escuchamos mientras seguíamos comiendo. —el sargento Vickers y el SPC Carter van a visitar el puesto de avanzada. Vamos a pedirle a MI que grabe nuestros teléfonos. También van a traer la cena y la commida de mañana. El raso Cobb se va a llevar el transporte pesado y nos va a traer equipo de iluminación y un generador.

Todos asentimos y seguimos comiendo.

Luego de desayunar, Vickers y Carter se fueron en las camionetas. Me senté en los escalones del edificio, con la parka bien ajustada. Encontré un marlboro en la bolsa de dentro y lo encendí. no fumo, pero ayudaba a calentar el aire, en vez de congerlarme los pulmones.

El capitán Bishop estaba convencido de que había una explicación lógica para todo y yo quería creerle, de verdad. No se me ocurría ninguna, pero quería creerle.

Pensando pensamientos oscuros, me terminé el cigarro a bajo cero y lancé la colilla a la nieve, pensando que las cosas siempre podrían ser peor.

Estaba en lo correcto.

Luego de desayunar, me encontré a mi mismo usando la cuerda que usé para salir del subsótano, para bajar al subsótano. Tenía una linterna de uso pesado, la automática, una barra de metal y la daga. Iba a marcar las cajas que fuera abriendo.

Mann nos alumbraba, Smith iba anotando todo lo que encontrábamos. Stokes se quedó arriba, esperando gritar muy duro si algo la asesinaba. De verdad, eso fue lo que se le ordenó.

El Cap y dos hombres más iban a revisar el perímetro del edificio. Personalmente, sentía que teníamos mejores posibilidades que ellos.

Mis botas chocaroncontra el suelo congelado y grité que todo estaba despejado. Moviéndome despacio, ecendí la luz y miré a Smith descender.

—carajo, sé que sigo yo. —se quejó Smith mientras se incorporaba junto a mí.

—¿Por?

—¿Dos cabrones muertos? Sigo tanto, amigo. —intentaba bromear, pero las sombras hacían que su rostro se viera serio. Mann estaba casi abajo y cuando llegó, avisó a los demás que estaba abajo. Cobb y los demás comenzaron a bajar la iluminación al subsótano.

—¿Listos? —los otros dos dijeron que sí. Nos alejamos del círculo de luz, hacia la penumbra.

—¿Vickers te dejó aqui? qué hijo de puta. —dijo Smith, revisando con la luz aquí y allá.

—No había opciones, no podía subir solo. —el peso del arma en la funda de mi cinturón me hacía sentir seguro, aunque comenzaba a reconocer los movimientos furtivos alrededor nuestro.

—¿Cómo van las costillas? —preguntó Mann.

—Van. —Torcí la tapa de la primer caja que encontré con la barra de metal. Mann iluminó el interior.

—No me jodas.

—Pistolas, Caja 1. —dijo Smith, anotando. Anoté un número uno en la tapa y continuámos.

Esto se iba a llevar algo de tiempo.

Le mostramos la hoja de inventario a Bishop. El generador no duró una cagada, comenzó a fallar pasada la hora, así que salimos de ahí después de estar ahí unas cuatro horas.

—Esto es suficiente para armar toda la base.

—provisiones de entrenamiento, señor. —explicó Smith.

—¿qué le hace pensar eso?

—Bueno, encontramos uniformes, pistolas nuevas, cuchillas, cobijas, almohadas y muchas insignias, la clase de cosas que le das a estudiantes cuando se gradúan ¿no?

—hace sentido. —Bishop se llevó la hoja a su oficina.

Nos separamos en pequeños grupos. Stokes nos ofreció historias de Fort Lewis, Smith contó chistes sobre crecer en el sur, Cobb habló de Fort Erwin, Mann habló del pueblo de mierda donde creció y yo me fumé el cigarrillo que debíamos estar pasando. No fumaba, pero quería verme cortés.

Las puertas exteriores sonaron. Vickers y SFC habían regresado con comida. Vickers nos miró y comenzó a dar órdenes con mucho amor:

—¿Qué mierda miran? vayan a la camioneta y comiencen a bajar las cajas, animales.

—Señor.

Los cinco avanzamos hacia la camioneta, la cara se nos llenó de pequeños cristales. Nos movimos tan rápido como pudimos. Vi una luz saliendo del tercer piso que desapareció antes de que pudiera decir nada. Smith asintió, también lo había visto.

Carter entró y regresó con una ronda de cervezas y un montón de charolas de comida. Cuando fui por cubiertos, volví a ver la luz encenderse, decidí ignorarla.

Bishop servía, todo el mundo se dirigía a la sala comunitaria con la comida. No era buena comida, pero estaba caliente y llenaba; eso la hacía buena.

Luego de cenar, Bishop nos asignó a Stokes y a mí a la CQ. Usualmente debías de asignar a un E-5 a CQ; pero Vickers no tenía mucho de donde escoger.

Nos sentamos en silencio un rato. Recordé la última vez que mi esposa estaba sudadita, debajo mío. Conté las veces que las luces se encendieron y apagaron. Fui por los quehaceres del puesto, palomeándolos en mi cabeza. Ignoré el sonido de los pasos. Ignoré las luces. Ignoré los gritos y los quejidos.

*ring ring*

Puta.

—dos diecinueve de la artillería especial, Raso Monkey, ¡como puedo ayudarle?

silencio.

—¿hola?

HHHHHHHSSSSSSSSSSssssssss

Bajé la bocina, miré a Stokes.

—llama al Cap. —nos había dado ordenes estrictas. Se levantó y fue hacia la sala comunitaria.

Me puse la bocina en la oreja y escuché con atención.

—Hola, taberna alarido al habla.

HHHssssssssssssssssss

—Si señor, el cuarto para homosexuales está disponible.

SSSSSSSsssssssssssss

—¿Necesitará un tapón de culo sobre la almohada cada mañana?

HHHHsssssssssssssssssssss

—¿y me dejará tirarme a su mamá?

El capitán Bishop llegó, se sentó junto a mí y comenzó a marcar en otro teléfono.

—Al habla el Capitán Bishop, ¿está el sargento Powers? Bien, escuche, necesito que rastrée todos los teléfonos disponibles en mi área. Me hizo una seña y sonrió, yo sólo asentí.

Quienquiera que fuera, seguía siseándome al oído.

—¿Qué? revise de nuevo, con un carajo.

Más siseos.

Ok. Al comienzo esto daba miedo, ahora se había vuelto molesto.

—Muy bien, gracias. —dijo y colgó el teléfono. Me quitó la bocina, la escuchó un momento, palideció y colgó.

—¿Qué le dijeron? —preguntó Stokes. Estaba mirando hacia el pasillo. Las sombras me daban la impresión de que alguien venía hacia nostros, pero no vendría nadie.

—le pedí al MI local que nos apoyaran a rastrear la actividad de las líneas.

*ring

Descolgué y colgué.

—Pero la única línea activa era la que yo estaba usando.

—Número telefónico.

—¿Perdón raso?

—¿Cuánta gente tiene nuestro número telefónico, señor? Los teléfonos están recién instalados, no puede decirme que alguien ya se sabe nuestro número.

Las luces se apagaron y las luces de emergencia se encendieron, iluminándonos a todos de color rojo.

—y otro problema… —añadió Stokes.

—¿Sí?

Las luces rojas parpadearon.

—la razón de que no detecten otra línea en utilización.

Las luces de emergencia del pasillo comenzaron a apagarse, una detrás de la otra, a las espaldas del cap.

—digalo, soldado. —Bishop se veía nervioso. Estaba a punto de estar aún más nervioso, yo sabía a dónde iba la muchacha.

Una de las tres luces de emergencia en CQ se apagó.

—esas llamadas están entrando desde dentro mismo del edificio.

El resto de las luces de emergencia se apagaron. El viento sopló desde la escalera como el llanto de una mujer.

Comencé a reirme.

La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

Capítulo 10

Cobb miró al teléfono, lo tomó y se lo puso en la oreja. Podía escuchar el siseo sibilante, incluso aunque fuera Cobb quien estaba sosteniendo el teléfono. Cobb me pescó del cuello y me estrelló contra el muro. Estaba apretando fuerte y su cara estaba roja.

—¡QUE PUTAS ESTÁS HACIENDO!

Golpeé el interior de sus brazos y le solté un cabezazo a la cara. Su nariz crujió mientras mi rodilla le entraba en las bolas. Retrocedió. Lo derribé de un codazo a la cara. Antes de que se incorporara, lo aflojé de un pisotón en el estómago. Se hizo bolita en el suelo. Podía escuchar una señal de ocupado saliendo de la bocina que colgaba del cable.

—No me vuelvas a tocar, guapo. —me sobé el cuello. Vickers entró de un golpe, con la cuarenta y cinco en la mano. Había visto más veces el arma en su mano en las últimas horas que en todo lo que llevábamos aquí.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó aproximándose. Cobb aún estaba sentado en el suelo, sujetándose la nariz.

—Nada. —dijo.

—Nada más estábamos discutiendo. —Mentí. Ambos, Cobb y yo, sabíamos cómo funciona el ejército. Si no se reporta, no pasa; las peleas rara vez se reportan. Si le pones encima las manos a otro cabrón y este te parte la madre en gajos, bueno, mala suerte campeón.

Colgué el teléfono.

—Cobb está sangrando. —declaró Vickers, maestro de todo lo obvio en el mundo. Comenzaba a sospechar que estaba aquí por algo más que tirarse a la esposa de un superior. Me había dejado sólo en el agujero y siempre se aseguraba de que alguien más entrara a un cuarto antes que él.

—Me pegué… me pegué sin querer con el teléfono. —declaró Cobb, poniéndose un dedo de cada lado de la nariz, acomodándola con un crujido. Vickers nos miró unos segundos y luego regresó a la zona de estar.

—Jesupinche cristo, Monkey; ¿te enseñó a pelear Satanás?

—alguien peor.

—carajo.

—de verdad… —no había tenido que aprender mucho en la correccional, sólo me había especializado.

—carajo, mano, recuérdame nunca pedirte prestado.

—perdón. —de verdad estaba apenado.

El teléfono volvió a sonar. Los dos lo miramos.

—No. —me detuvo —Nada más. No.

El teléfono siguió sonando. Mi boca estaba seca y mi imaginación suelta. Era Tandy, sabía que era él. Ese silbido era él intentando hablar, pedir ayuda, mientras un nazi muerto le apretaba la tráquea como Cobb lo había hecho conmigo.

—Conteste el puto teléfono, raso. —Vickers ordenó de un grito, entrando en el cuarto. Seguía con la pistola en la mano, se veía demasiado agresivo para mis gustos.

—No. —contestó Cobb.

—Conteste-el-teléfono-raso. —Vickers estaba demasiado hostil.

—A la mierda. —levanté el teléfono. —Dos diecinueve de la artillería especial, raso Monkey al habla, ¿cómo puedo ayudarle?

—Nada. Silencio.

—¿Aló? —sabía lo que seguía.

Hsssssssssssssssssssssss

Bajo, sibilante, burbujeante.

—Lo buscan, sargento. —comuniqué con mi voz más formal, Vickers me arrancó el teléfono de las manos.

§larga distancia

La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

Capítulo 9

 Levanté la linterna y la apunté hacia atrás. La luz hizo brillar la daga. Me levanté y alcancé el arma. La sopesé en la mano antes de empuñarla. El ejército no enseña a los reclutas a defenderse con un cuchillo, pero, la primer regla es que te van a cortar; debes esperarlo, debes aceptarlo y rebanar al otro cabrón mientras cree que ya te jodió porque te hirió primero. El cuchillo no se gira en la mano, no se pasa de una mano a la otra y tampoco se finta con él; juega al mamón en una pelea y disfruta tu nuevo agujero. Se mantiene bajo, hacia un costado de tu cuerpo y con la punta ligeramente angulada hacia arriba y al frente. Lo que estás buscando es cortar en diagonal sobre el pecho o los brazos; o, mejor, un viaje directo hacia el abdomen, debajo de las costillas; adentro y hacia arriba.

El ejército no enseña a sus reclutas a defenderse con una navaja, pero mi viejo sí. Viejos tiempos. Buenos tiempos. Más sangre en la boca, menos nazis fantasmas.

Busqué por la oscuridad con mi linterna, esperando dar con alguna silueta. Había escalones rotos y charcos de lodo y aguanieve. El agua goteaba del techo del subsótano; elevar la luz me mostró una bonita colección de protuberancias y colmillos de hielo, colgando sobre la estructura de metal que sostenía la placa de concreto del suelo de arriba.

—¡MONKEY, DÓNDE ESTÁS! —escuché de arriba.

—¡SUBSÓTANO, CAMINE CON CUIDADO, LA ESCOTILLA ESTÁ ABIERTA!

Una luz asomó del hueco y me acerqué a la luz para dejarme ver.

—¿todo bien? —dijo Vickers tras la luz —no podía abrir la puerta, el viento estaba sosteniéndola cerrada.

—Sí, eso pasa mucho por aquí. Me duelen las costillas y la esp-

[¿qué fue eso?]

—Un segundo. —Me acerqué al lugar de donde había escuchado algo caerse. Era un paquete de Marlboro. Tandy fumaba Marlboro. Recogí la cajetilla y encendí un cigarro con las manos temblando. Yo no fumo, por cierto.

Regresé a la luz de Vickers.

—Creo que ha estado aquí, encontré sus cigarros.

Vickers se tantea el bolsillo del pecho.

—Creo que… creo que son míos. Se me acaban de caer. Lánzamelos, quiero uno.

Le saqué tres a la cajetilla y la lancé.

—Gracias. ¿Estás bien?

—Tan bien como se puede estar aquí abajo, está cabrón.

—Vas a tener que esperar, vamos a necesitar una cuerda, la escalera está hecha mierda; ¿puedes esperar?

[Hijo de puta, me vas a dejar aquí]

—Claro, vaya con calma.

—Cacha.

Solté el cuchillo para atrapar la .45 con ambas manos. Me fijé la daga en la bota y le corté cartucho a la pistola.

—Puede que tengas que usarla… con… con Tandy, ¿serías capaz?… ¿puedes hacer eso?

—Sí sargento, puedo usar fuerza letal con el raso Tandy, de ser necesario.

—Excelente. Ya vuelvo.

La luz desapareció.

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La Historia de Fantasmas de Humper-Monkey

Capítulo 8

Sentía mi cuerpo tenso y lleno de escalofríos que no se evaporaban, los escalofríos me picaban en la piel. Mis botas toparon con el viejo concreto, pisé un charco de agua filtrada. Intentaba controlar mi respiración, incluso con la Parka encima y un pantalón para clima frío, una chamarra y ropa interior contra congelación, estaba temblando. Eso sin contar la gota de sudor recorriéndome la espalda, desde la nuca y hasta los omóplatos.

Mi linterna pasó por algo y volví la luz, curioso. Cajas. Docenas de cajas, extendiéndose hacia la oscuridad.

—¡Encontré algo!

Silencio.

—¡Hey, encontré algo!

Silencio.

—¡MÁS LES VALE NO HABERME DEJADO SOLO HIJOS DE PUTA O LES JURO QUE LOS VOY A MATAR A TODOS, A TODOS!

—Estamos justo aquí, raso Monkey, cálmate. —Respondió Vickers. Su rostro pálido asomó desde la oscuridad que reinaba todo.

§todos aquí

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Capítulo 7

Asesinos. Ladrones. Matones. Eso éramos.

Me quedé dormido alrededor de las 1900 y así pasé la noche. No dejamos guardia, no nos molestamos con nada. Todos estábamos hasta las manitas, algunos de nosotros lo suficiente para tener que vomitar en algún bote de basura antes de seguir tomando mierda.

Me desperté sin cruda. Encabronado. Era mi estado de default -estaba encabronado siempre. ¿Papá jode contigo, Todd jode contigo, el arquitecto de tus días jode contigo, el orientador vocacional jode contigo, joden contigo en los baños de la correccional, joden contigo unos putos fantasmas nazis, jode contigo el frío de Alemania? Yo diría que es momento de encabronarse. Encabronarse era parte de mi vida. Ser un puto soldado tiritando de frío, a oscuras, a miles de kilómetros de cualquier jodido tugurio que hubiera llamado casa iba a ser parte de mi vida; así que, qué tal.

Anduve mentando madres hasta el CQ y ahí tiré de varios cajones hasta que encontré un mapa de la base. Localicé el centro de carga eléctrica (¿dónde más iban a estar los putos fusibles?).

En la caldera

Pero dónde más. 

De acuerdo, sí esto iba a ser así, así sería. No tenía humor para sentirme intimidado por nazis muertos hijos de puta. Estaba demasiado peludito para creer en aparecidos y embrujos; esas cosas son para niños. Tiritando de frío. Encabronado.

§default

La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

Capítulo 6

 De regreso, todo el mundo hablaba en voz baja. Había diez de nosotros, pasándonos una botella de Ausbach; tres adelante, cuatro en medio, tres en la caja trasera.

En entrenamiento, cuando íbamos a algún lugar en camioneta, siempre íbamos platicando en el camino. En este viaje, todo lo que hicimos fue pasarnos la botella y un cigarro que Cobb había prendido. Vickers se veía bastante inquieto, le daba largos tragos a la botella mientras miraba a lo lejos.

Nos acabamos tres botellas antes de llegar.

Bajé de la camioneta con un salto y miré el edifico al que tenía que entrar, otra vez. El ejército esperaba que convirtiera este lugar en mi hogar, que me gustara. Aquí, unos hijos de puta que salen en el diccionario para definir la palabra “maldad”, habían asesinado gente, torturándola, golpeándola, practicando técnicas de estrangulamiento y dios sabe cuántas porquerías más. Era de tres pisos. Nadie había bajado al subsótano, ni subido al ático. El techo estaba ligeramente inclinado, supongo que tras años de nieve. Noté unos aros de metal allá arriba y le pregunté a Thompson qué eran.

§reconocer

La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

Capítulo 5

¿Dónde estaba? Ah, sí, la tercera noche que pasé aquí.

Me desperté temprano, eran alrededor de las 430 y la sala comunitaria estaba helada como la mierda. Me levanté, me estiré, me puse las botas y el saco. Curioso, tomé mi encendedor, le di llama y lo pasé por las juntas de las ventanas.

Nada, la llama no se movió.

No se movió cerca de las ventilas, tampoco. No había nada de viento entrando en el cuarto por las ventilas o las ventanas.

Puta. Un momento.

Ay carajo, el horno estaba apagado de nuevo. No. Carajo no. No iba a volver a ese cuarto, nunca. Ni siquiera armado. Ni siquiera con un lanzamisiles. Ni siquiera en un puto tanque.

Cobarde.

¿Contra un hombre? No. ¿Contra un animal? No. ¿Contra un calentador de agua que respiraba y un horno que probablemente fue utilizado para inicinerar personas vivas? Carajo. Sí. No era como si fuera la única persona asustada. Estos muchachos y muchachas eran gente que tenía esto años y se salieron de sus cuartos por esta cosa. No. Me rehusé a tener miedo. No existe tal cosa como el puto Coco y no existe tal cosa como un fantasma. 1980, por el amor de dios, ya nadie le tiene miedo a los fantasmas.

Me levanté y anduve a vigilancia. Carter estaba recargado en una silla, jodiendo con una antena de conejo encima de la pequeña televisión, intentando captar Plaza Sésamo con mayor claridad. Otro tipo que andaba por ahí pero con el que no había tenido ninguna interacción estaba leyendo un libro. Levanté la mano para los dos y anduve hacia mi cuarto. Las luces del pasillo estaban encendidas, pero el ambiente se sentía… opaco.

Abrí mi cuarto, saqué un uniforme y algo de ropa interior, tomé una toalla y fui a darme un baño y rasurarme. Uno siempre se siente mejor en un uniforme limpio. Reuní mi costal de la ropa sucia y me dirigí a la lavandería. Me había memorizado el mapa de las barracas que estaba en uno de los libros de registro cuando había apoyado al oficial. Aventé mi ropa sucia en una de las máquinas y la eché a andar, entonces regresé a Vigilancia.

—¿Durmio bien, raso Monkey? —preguntó Carter, estirándose y bostezando.

—Seguro que sí, especialista. —un gemido se escapó desde las escaleras.

—Soldados, buenos días. —Bishop. Sonaba demasiado contento para ser un hombre que había pasado su primer noche en este agujero. Podía escuchar a Vickers levantando personas en el cuarto aledaño. Bishop se acercó y descansó uno de los codos en la barra de despacho.

—Vamos a registrar las barracas hoy. Hay veinte de nosotros; nos vamos a separar en equipos de cuatro. Quiero cada locker, cada cuarto, cada closet y cada baño revisados. Si la puerta no abre con las llaves que tenemos, vamos a tirarla a patadas. —Stokes se había integrado al grupo.

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