Coro

Querido lector, tengo una confesión pendiente: no he sido del todo honesto contigo. No me mal entiendas, no te he mentido. No he inventado estas historias, ni enrarecido algún detalle; he recontado cada cosa tal y como ocurrió, o como se supone que ocurrió. Aún así, he retenido ciertos hechos de tu consideración. Uno de ellos, uno que mi familia negará aparatosamente, es el hecho de que tengo una hermana. Intento imaginar que quizás harías lo mismo si ella fuera parte de tu familia, ella no es la clase de persona que admitirías conocer de nombre a media calle. La he visto exactamente tres veces. Cada entrevista ha durado apenas unos pocos minutos, así que no podría afirmar que lo sé todo acerca de ella; apenas su color de ojos y de cabello,  su estatura y su complexión. La única cosa importante, lo único relevante que sí sé sobre ella, es su nombre: paciente 252216-E.

Para internarnos en los pasos que finalmente la llevaron hasta el hexágono, primero tenemos que hablar de otro miembro de mi familia: mi abuelo Walter. Era un hombre calvo de rostro enjuto, de manos hábiles en el que la amabilidad siempre parecía ser una sorpresa; era la clase de persona que te tomaba de la mano y te arrastraba hasta la orilla de ese vacío que te asusta tanto, sólo para asegurarse de que sabrías franquearlo. Su salud era delicada, su cuerpo estaba lleno con los achaques acumulados por el amor al tabaco al que se había aferrado durante toda su vida y que acabaron por cristalizar algunos días tras el doceavo cumpleaños de mi hermana, en un conato de ataque al corazón. El doctor no fue muy optimista sobre su recuperación. A las claras, nos sugirió que lo mejor era que el hombre arreglara sus deudas sobre la tierra, hiciera las paces y revisara su testamento.

Tan pronto como la palabra testamento arribara a oídos de mi hermana, los engranes en su cabeza comenzaron a girar, dibujando las líneas de una estratagema que lo mismo tenía de inocente que de compleja; de burda, de diabólica. Ésa era mi hermana. Walter revisaría su testamento y, perdida la memoria y el sentido en los años y los malestares, redistribuiría los bienes de su fortuna basado en el aquí y el ahora, más que en el pasado; así pues, sólo era necesario pasar algo de tiempo con Walter, el suficiente para que el viejo la recompensara  antes de morir. Comenzó yendo a visitar a Walter después del colegio para “ver cómo le iba, como estaba”; después, comenzó a pasar días enteros con él;  esos días se volvieron semanas y, una vez que sus faltas habían hecho que reprobara todos sus cursos, su tiempo entero, apenas regresando a casa para cambiarse de ropa.

»cantar

Música para las hadas

Clifford Hoyt, edad 31, sufrió graves heridas en un accidente automovilístico en 1999. Al recuperar la consciencia, le contó a una de las enfermeras que había estado en el infierno, profundizando a detalle en las torturas y la angustia que experimentó. Se negó a recibir apoyo psicológico y en unos cuantos días fue dado de alta.

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